Por Laura Pérez Cisneros
Ya estamos en el ambiente mundialista, pero siempre es enriquecedor remontarnos al origen de esta fiesta que cada cuatro años se centra en la alegría de ver rodar el balón; un mes en el que todos somos especialistas, en el que nos volvemos locos, a veces hasta las lágrimas, por gritar: ¡Gol!
Pero también es lamentable que al padre de la Copa del Mundo, el católico francés Jules Rimet, quien creía que el deporte podía unir al mundo y dirigió la FIFA durante 33 años, le daría vergüenza que la Copa 2026 haya convertido el torneo internacional en una fiesta solo para ricachones; que se permita que escuadras como las de Senegal y Bélgica sean objeto de revisiones exhaustivas, como si se tratara de delincuentes, a su llegada a una de las sedes del Mundial, Estados Unidos, país que, por motivos de la guerra con Irán, no permitió que la selección persa pernoctara en territorio estadounidense. Les aplicó la clásica del expresidente Vicente Fox y su famosa orden a Fidel Castro de: “Comes y te vas”; aquí fue: “Juegas y te vas”. Para rematar, se le negó la visa al árbitro somalí por representar “una amenaza a la seguridad nacional por presuntos nexos con terroristas”. En todos estos casos, la FIFA solo tiene atención para asuntos que representen dinero y no para el sueño de Rimet: unir naciones por medio de un balón.
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