Por Liliana Romandía*
Recuerdo la llamada. Una oferta atípica, extraordinaria: ser la persona de confianza de un alto mando político. Jamás la busqué. Mi obsesión siempre fue otra -la formación y dirección de personas en áreas comerciales-.
Lo consulté con una amistad poderosa, inteligente, sabia, de peso en el ámbito político nacional. "Aprovecha la oportunidad", me dijo. "Vas a aprender muchísimo."
Y entonces brotó, desde algún lugar del corazón, un recuerdo que no había tocado en años.
Marzo de 1994. Asesinaron a Colosio, mi inspiración, mi ejemplo, el gran mártir. En aquel entonces soñaba con ser presidenta, concursaba en oratoria y quería cambiar y mejorar la vida de las personas. Ese día renuncié a ese sueño. Aún con esa corta edad, intuí una realidad que confirmaría muchos años después: nada ni nadie rompe el sistema. Incluso hasta escribí un poema para él. Lo publicó un periódico estatal de prestigio. Y aunque no lo entendía del todo entonces, algo en mí ya sabía lo que confirmaría de adulta: muy pocas personas con buenas intenciones llegan a esos niveles. Ni en política. Y rara vez, en lo privado.
Ese recuerdo, extrañamente, fue parte de lo que me hizo aceptar el puesto. Quería comprobarlo con mis propios ojos.
Me prometieron la luna y las estrellas. Terminé con un burnout físico y mental.
La escena de humillación se repetía cada quince minutos. Esa es la verdad de estar cerca de un cargo así: no hay respiro, el teléfono nunca se apaga, la exigencia no negocia. Esos puestos existen, en buena parte, para cubrir las espaldas del jefe en turno —y esa cobertura se paga con un desgaste que nunca aparece en ninguna nota de prensa. Lo que se vive dentro es tan incoherente, tan ridículo, que por momentos sientes que estás dentro de una sátira política de Luis Estrada, con Damián Alcázar interpretando a todos los personajes a la vez. Lo que se ve desde afuera, lo que cuentan las noticias, no es ni la mitad de lo que ocurre dentro. La realidad es más dura de lo que se relata.
Nada de esto es personal. Es el sistema. La mayoría de quienes ocupan esos espacios de poder operan igual: exigen sin límite, presionan sin medida, y quien no se adapta a ese ritmo, sale.
Con el tiempo entendí que lo que viví no era una anécdota aislada. Es un patrón, no de una persona en particular, sino de cómo opera el poder en general. Y ese patrón tiene nombre en la psicología.
Los psicólogos lo llaman la Tríada Oscura: narcisismo (vanidad, superioridad, necesidad constante de protagonismo), maquiavelismo (encanto usado como herramienta de manipulación y estrategia) y psicopatía (frialdad emocional, impulsividad, ausencia de empatía). No son tres trastornos distintos. Son tres formas de la misma lógica: usar a las personas como medio, nunca como fin.
Lo perturbador no es que existan. Es que el sistema los premia. Las personas con rasgos narcisistas y psicopáticos suelen obtener mejores evaluaciones en procesos de selección de personal, porque son expertas en generar una primera impresión favorable. El mismo encanto que manipula, convence a quien contrata.
Uno de cada cinco ejecutivos presenta rasgos de psicopatía. No es la excepción. Es una proporción que cualquier sala de juntas debería tomarse en serio.
Y en política, el patrón se documenta desde hace décadas. Un estudio que analizó a los 42 presidentes de Estados Unidos, hasta George W. Bush, encontró que el nivel de narcisismo fue en aumento con el tiempo, y que los presidentes ya partían con niveles más altos que el ciudadano promedio. Lo incómodo del hallazgo: los más narcisistas fueron también los más efectivos ejecutando su agenda y manejando crisis. El sistema no solo tolera el rasgo. Lo recompensa.
Esto no nació con el capitalismo ni con los partidos políticos modernos. Es mucho más viejo.
Desde que existen las cortes reales, el poder ha filtrado por la misma variable: no sobrevivía el más capaz, sobrevivía el que mejor jugaba la jerarquía. El cortesano que adulaba al rey en público y conspiraba en privado. El que sabía leer el humor del monarca antes de que el monarca lo supiera. Maquiavelo no inventó esas reglas —las describió, porque ya llevaban siglos operando.
El consejo directivo de hoy es la corte de ayer con otro nombre. Cambia el vestuario, cambia el lenguaje corporativo, pero la lógica de selección es la misma: asciende quien administra mejor la percepción del que manda, no quien mejor sirve a quienes le rodean.
Y como cualquier sistema que se repite por generaciones, termina heredando su propio filtro. No es que produzca psicópatas ni narcisistas desde cero. Es que selecciona a quienes ya traen esos rasgos, y luego los premia con ascensos.
Esto no es exclusivo de México, ni de la política. Es global. Se ha documentado en Estados Unidos, en Europa, en gobiernos autoritarios y en democracias consolidadas. El patrón no distingue ideología ni bandera.
Pero en México tiene una forma particular. Aquí el poder —político y empresarial— se ha construido durante generaciones alrededor de una figura, no de una institución. Partidos completos que giran en torno a un líder incuestionable. Empresas donde el "fundador visionario" no se cuestiona. La estructura formal existe en el papel; en la práctica, manda quien concentra la lealtad personal, no quien ocupa el cargo correcto.
Las cifras lo sostienen. En la población general, aproximadamente el 1% presenta rasgos psicopáticos. Entre jefes, políticos y líderes, esa cifra se cuadruplica. No es casualidad. Es selección: el mismo sistema que premia el carisma sobre la ética termina llenando sus posiciones de mayor poder con quienes mejor lo simulan.
Y lo que viví yo no fue algo excepcional. Es lo que documenta la investigación una y otra vez: un sistema que selecciona y luego premia ciertos rasgos, sin importar quién los porte.
Hay una diferencia importante entre ambos mundos, y vale la pena nombrarla.
En la iniciativa privada, al menos existe una lógica de negocio detrás del abuso: hay que subir el margen, hay que enriquecer al dueño, hay una meta financiera que —por perversa que sea la forma de alcanzarla— explica el comportamiento. No lo justifica. Pero lo explica.
En política no hay ese pretexto. Quien llega a un cargo público asume, en teoría, la responsabilidad de cuidar a un país, a un estado, a una comunidad. No hay negocio de por medio. O no debería haberlo. Y sin embargo el patrón se repite igual, o peor: el poder mismo se vuelve la moneda. El dinero deja de ser el fin y se convierte en herramienta —para comprar lealtades, para sostener la influencia, para financiar la siguiente elección. Ahí el dinero no es la meta. Es el combustible del poder.
Eso es lo que hace más grave lo que ocurre en la política: no hay margen de rentabilidad que lo explique. Solo hay una figura que decidió que servir se traduce en ser servido.
Y esto no se queda en la política. En el mundo corporativo el patrón es igual de nítido, solo que con otro vocabulario.
En puestos de dirección —los que tú y yo conocemos de cerca— el rasgo se disfraza fácil: se le llama "mano dura", "orientado a resultados", "no se anda con rodeos". Cualidades que en una entrevista de trabajo suenan a fortaleza. En la operación diaria, son control, humillación y presión sin límite disfrazados de exigencia.
Las herramientas de selección de personal rara vez lo detectan. Al contrario: las personas con rasgos narcisistas y psicopáticos suelen obtener mejores evaluaciones en procesos de contratación, porque son expertas en generar una primera impresión favorable. El mismo encanto que después va a manipular al equipo, es el que convenció a quien firmó la contratación.
Lo que no se mide en la entrevista es el costo que se paga después. Un estudio de la Universidad de Manchester, con más de 1,200 participantes, encontró que quienes trabajan para jefes con rasgos psicopáticos y narcisistas no solo reportan menor satisfacción laboral: puntúan más alto en escalas clínicas de depresión. Otra investigación, publicada en Personality and Individual Differences, encontró que los colaboradores bajo supervisores narcisistas tienen 30% más probabilidad de experimentar estrés alto y agotamiento emocional sostenido.
No es una exageración de quien lo padece. Es un efecto medible.
Y en política existe incluso un nombre clínico para la versión más extrema del fenómeno: el síndrome de hubris. Se describe en líderes que, tras periodos prolongados en el poder, desarrollan un exceso de confianza que roza la pérdida de contacto con la realidad —desprecian el consejo ajeno, se sienten infalibles, dejan de rendir cuentas incluso ante su propio criterio. La literatura documenta que la exposición prolongada a este tipo de liderazgo no solo desgasta a quienes trabajan cerca de esa persona: genera, en la población que gobierna, una sensación de impotencia y desesperanza que se traduce en más ansiedad y más depresión colectiva.
El patrón, entonces, no solo daña a quien lo sufre de cerca —el colaborador, el particular, el equipo—. Cuando ocurre en el poder político, el daño se distribuye entre millones de personas que ni siquiera saben que están siendo afectadas por la psicología de alguien que jamás conocerán.
Volví a mi terreno: la formación y dirección de personas en áreas comerciales. Ahí, al menos, entiendo las reglas del juego y sé protegerme de ellas.
No todos tienen esa salida. Miles de empleados siguen bajo la sombra de un jefe que confunde control con liderazgo. Millones de ciudadanos siguen gobernados por quien confunde servir con ser servido.
La psicología ya lo documentó. Existe, se mide, se repite en países distintos, en sistemas distintos, en décadas distintas.
El patrón no va a cambiar solo. Cambia cuando dejamos de premiarlo.
¿Tú crees que esto cambiará algún día?
¿Y si sí?
Fuentes
AMEDIRH — "Narcisismo en el trabajo" (dato del 30% en Personality and Individual Differences).
Redalyc — "El síndrome de hubris y su impacto en la población".
Wikipedia — "La ley de Herodes" (referencia cultural: Luis Estrada, Damián Alcázar).
*Liliana Romandía es líder en áreas comerciales de corporativos nacionales e internacionales y de RP en la iniciativa privada.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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