Por Lourdes Encinas Moreno
Hay momentos en que México consigue reconocerse como una comunidad. Ocurrió cuando Juan Gabriel convirtió Bellas Artes en una celebración popular. Ocurrió después de los sismos de 1985 y 2017. Volvió a ocurrir durante el Mundial de 2026. Son episodios distintos, aunque comparten un mismo rasgo: durante unas horas el país deja de sentirse fragmentado.
Los triunfos de la selección mexicana despertaron una alegría dormida. Las calles cambiaron de ritmo, se abrieron al festejo. Por un instante, México pareció reconocerse a sí mismo desde un lugar distinto al que suele ocupar la violencia o la desigualdad que separa a quien ve el partido en un palco corporativo de quien lo mira en la banqueta de un changarro.
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