Por Luciana Wainer

Mi teléfono se enciende. Veo el nombre de Sandra Romandía titilando en la pantalla y me asalta, instantáneamente, un sentimiento de culpa, de falta. Una vocecita —de esas que te despiertan en la madrugada— que me dice al oído: “otra vez no escribiste tu columna de Opinión 51”. Su mensaje jamás es de reclamo, pero esa voz que se despierta en mí ante la más mínima provocación me asalta, sin aviso previo, para enumerar todos los pendientes que debo, las citas a las que no he acudido, los amigos a los que no les he respondido el último mensaje. 

La columna es solo una de ellas. A veces no llego al supermercado y termino cenando indescriptibles heterogeneidades de sobras diversas. 

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.