Por María Alatriste
Hay momentos en los que la vida deja de parecer una historia ordenada y se convierte en una travesía absurda. Uno sale de casa pensando que regresará pronto, que el problema tendrá solución y que la tormenta será breve. Pero pasan los días, los meses y seguimos navegando entre pérdidas, complejidades, enfermedades, traiciones, separaciones o miedos que nadie más alcanza a ver.
Por eso La Odisea vuelve a hacernos reflexionar ahora en su versión cinematográfica. No porque todas queramos ser heroínas, ni porque necesitemos enfrentarnos a cíclopes, sirenas o dioses furiosos. Nos toca porque conocemos la sensación de querer volver a casa y descubrir que la casa ya no es un lugar. A veces es una versión de nosotras mismas que perdimos en el camino.
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