Por Marcela Solares Delgado
La certeza más grande que tenemos como seres vivos es la muerte. Todos, sin excepción, vamos a morir, así ha sido y así será. ¿Por qué entonces tratamos a la muerte como si fuera una excepción?
Los humanos somos la única especie de la que sabemos que puede pensar de manera abstracta y anticipada en su propia muerte. Y no solo la pensamos… nos hemos obsesionado con ello.
Esta idea la podemos leer en The Denial of Death (La negación de la muerte), del antropólogo cultural Ernst Becker, ganador del Pulitzer en 1974. En su libro plantea que buena parte de la cultura humana puede entenderse como una manera de gestionar la conciencia de la muerte, a través de lo que él llama “proyectos de inmortalidad”, que son maneras de permanecer, como tener hijos, escribir un libro, construir una empresa, crear una obra o dejar legados a nuestro nombre.
También habla de cómo las religiones ofrecen una solución extraordinariamente poderosa, ya que la muerte física no es el final y abordan la vida eterna, la resurrección, la reencarnación y la trascendencia del alma. Diferentes soluciones a un mismo problema.
Pero realmente, ¿podemos enfrentar la ausencia de muerte o la prolongación de la vida? Ya Saramago, en su libro Las intermitencias de la muerte, con gran humor y genialidad, retrata el problema social y económico que supondría la ausencia —o huelga, en este caso— de la muerte, y esto complica todo el equilibrio social que existe a su alrededor. Colapsan los hospitales, las compañías de seguros se van a la quiebra, ya no hay clientes para las funerarias y los panteones, y la población se incrementa cada vez más. El Estado no es capaz de enfrentar una huelga de “La Muerte”. Particularmente, el libro me divirtió mucho, pero en la vida real la situación es otra.
La obsesión por escapar de la muerte, además, tiene una condición. No queremos vivir para siempre si, para ello, vamos a envejecer. Hacemos todo lo que esté a nuestro alcance para que no se noten las arrugas y las canas, tomamos cualquier cantidad de productos para mantenernos fuertes, buscamos maquillajes que escondan nuestra edad. Ya hasta tenemos la ridícula idea de nombrar a los productos “antienvejecimiento”, como si eso fuera posible.
Yuval Noah Harari, en su libro Homo Deus, plantea que la humanidad está cambiando de objetivo. Durante siglos, la medicina ha tratado de evitar la muerte prematura y hoy buscamos algo más ambicioso: vencer el envejecimiento y la muerte.
Hace poco me encontré con el título de una conferencia que me voló la cabeza: “La muerte de la muerte”. Es la tesis de José Luis Cordeiro, un egresado del MIT, futurista, quien plantea el envejecimiento como una enfermedad que se puede vencer, y no como una condición de un ser vivo.
Cordeiro sostiene que, con los avances científicos y tecnológicos, podremos reparar el daño celular y regenerar tejidos en casi todo nuestro cuerpo. Su apuesta es muy atrevida y controvertida: en el año 2045 habremos vencido a la vejez mediante el rejuvenecimiento biológico; antes, alrededor del 2030, la ciencia habrá conseguido prolongar nuestra esperanza de vida en más de un año por cada año que transcurra. A esto se le llama alcanzar la velocidad de escape de la longevidad.
No sabremos si Cordeiro tiene razón o no. Lo interesante es cuánto queremos que la tenga.
Mientras la ciencia logra alargar la vida cada vez más, sin envejecer, lo cierto es que hoy vivimos más que las generaciones anteriores, pero socialmente no parece que estemos preparados para ello. Despreciamos la vejez y nos obsesionamos con la juventud. Vamos a los números: en 2025 la industria antienvejecimiento, que incluye tratamientos y productos antiaging, se estimó en 79 mil millones de dólares, mientras que en 2024 todo el sistema humanitario coordinado por Naciones Unidas solicitó 50 mil millones de dólares para atender crisis humanitarias en el mundo y consiguió movilizar solamente 25 mil millones.
Otra vez, con otras palabras, gastamos más dinero para que no se nos note la edad que el sistema humanitario internacional consigue reunir para atender algunas de las peores crisis del planeta.
Y qué gran paradoja. Llevamos miles de años tratando de alargar la vida y ganarle las partidas a la muerte. Queremos vivir —como Cordeiro asegura— indefinidamente y para ello contamos calorías, tomamos suplementos, escondemos arrugas con maquillajes y filtros y nos quitamos la edad. Pero en esta obsesión por conseguir más vida, estamos olvidando la que tenemos y que nos consta.
Esta.
La de hoy.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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