Por Marcelina Bautista
Ser trabajadora del hogar en México es despertar antes que el sol y regresar a casa cuando la ciudad ya duerme. Es cargar en silencio el peso de hogares ajenos mientras, muchas veces, el propio queda esperando. Detrás de cada piso limpio, de cada comida servida y de cada niño cuidado, hay una mujer que también tiene sueños, cansancio y dignidad.
Durante años, las personas trabajadoras del hogar han sido invisibles para gran parte de la sociedad. Su labor sostiene a miles de familias mexicanas, pero pocas veces recibe el reconocimiento que merece. Muchas enfrentan jornadas largas, salarios bajos y ausencia de derechos laborales, y no se diga de seguridad social, aun cuando entregan algo invaluable: tiempo de vida.
En México, ser trabajadora del hogar no solo implica trabajar; implica resistir. Resistir el clasismo, la indiferencia y, en ocasiones, el trato injusto. Sin embargo, también significa fortaleza. Porque, pese a las dificultades, miles de mujeres salen cada día con la frente en alto para darles educación a sus hijos, construir un patrimonio o, simplemente, asegurar la comida del día.
Sus historias están llenas de sacrificio, pero también de esperanza. Son mujeres que aprenden a convertir el cansancio en valentía y la necesidad en fuerza. Mujeres que merecen respeto, seguridad social, salarios dignos y, sobre todo, ser vistas como lo que son: trabajadoras esenciales.
Reconocer su labor no es un acto de caridad, sino de justicia. Porque un país que dignifica a quienes cuidan y sostienen los hogares también se vuelve un país más humano.
Probablemente ya me hayas leído en Opinión 51. Marcelina Bautista, activista por los derechos humanos laborales de las personas trabajadoras del hogar en México.
Desde hace más de 30 años he dedicado mi vida a la defensa y promoción de los derechos de quienes históricamente hemos sido invisibilizadas, discriminadas y excluidas de la justicia laboral y social. Mi historia comienza como la de miles de mujeres indígenas y trabajadoras del hogar que salen de sus comunidades buscando oportunidades, pero enfrentándose a desigualdades, racismo, violencia y explotación.
A través de mi experiencia como trabajadora del hogar, comprendí que el cambio no llega solo: se construye colectivamente, organizándonos, levantando la voz y luchando juntas por nuestros derechos y nuestra dignidad.
Hoy quiero compartir mi experiencia de vida y de lucha para inspirar a otras personas, niñas y jóvenes a creer en su fuerza, en su capacidad de transformar la realidad y en la importancia de construir una sociedad más justa, humana y equitativa.
Creo profundamente que la organización colectiva y la unidad son el único camino para avanzar hacia la justicia social. Ningún derecho ha sido regalado; cada avance ha sido resultado de años de esfuerzo, resistencia y solidaridad.
Mi deseo es que las nuevas generaciones de trabajadoras del hogar, mujeres y defensoras de derechos humanos continúen organizándose, participando y defendiendo sus derechos, porque cuando una persona se levanta para exigir justicia abre camino para muchas más.
La lucha por los derechos humanos laborales no es solo una causa de las trabajadoras del hogar; es una causa de toda la sociedad.
Cuando estaba escribiendo este texto, sonó el teléfono. Eran dos compañeras:
“Marcelina, fuimos contratadas hace dos años en esta casa para la limpieza, pero la casa ahora está en reconstrucción y la señora nos ha puesto a hacer de todo: desde cocinar, cuidar a su mamá y preparar la comida para ella, hasta encargarnos de los trabajadores de la construcción, desde el pago hasta la preparación de sus comidas. Pero a nosotras no nos dan comida; nosotras compramos nuestra comida. Con el polvo me he enfermado mucho y tengo infección en los ojos y dermatitis en las manos. Mi hermana se cayó y la señora no quiso pagar ni la consulta ni los medicamentos. Además, nos trata con mucha violencia y, al solicitar la seguridad social y pedir nuestro descanso los domingos, hoy trae a dos abogados para despedirnos porque dice que no hacemos nada y no le gusta que pidamos seguro, porque a eso no tenemos derecho. Nos ha tenido encerradas hasta tres meses sin salir los domingos y no nos quiere pagar ni quiso darnos seguro social”.
Tomo el teléfono y platico con el abogado. Él me dijo que su clienta las despedía por reclamar su derecho al seguro social y un aumento salarial; que eran trabajadoras que no trabajaban y que en otra casa no iban a tratarlas igual. También dijo que mi causa era muy noble, pero que “las trabajadoras dirán misa”.
Increíble la actitud de un abogado que hace aún más vulnerable la situación de las personas trabajadoras del hogar que aceptan un trabajo por necesidad. Pero nosotras hicimos valer los derechos de las compañeras por despido injustificado, ya que fueron despedidas por exigir salario justo y seguridad social, y logramos el pago de su liquidación por los dos años de antigüedad en esa casa.
El despido injustificado ocurre cuando una persona empleadora decide terminar la relación laboral sin una causa válida o sin respetar los derechos establecidos en la ley. En México, las personas trabajadoras del hogar también tienen derechos laborales y no pueden ser despedidas de manera arbitraria, violenta o sin recibir las prestaciones que les corresponden.
En el caso de las personas trabajadoras del hogar, los despidos injustificados suelen darse de diferentes maneras. Muchas veces ocurren cuando la persona empleadora decide “ya no necesitar el servicio” sin previo aviso, sin pagar indemnización, aguinaldo, vacaciones o salarios pendientes. También sucede cuando las trabajadoras son despedidas por exigir sus derechos, pedir inscripción al seguro social, solicitar descanso, denunciar malos tratos o pedir un salario justo.
En muchos casos, el despido se acompaña de humillaciones, discriminación o acusaciones falsas. Algunas trabajadoras son despedidas por estar embarazadas, por enfermarse, por su edad, por hablar una lengua indígena o, simplemente, porque la familia empleadora considera que “ya no son aptas” para el hogar. Estas prácticas reflejan la desigualdad y la falta de reconocimiento histórico hacia el trabajo del hogar.
Otro problema frecuente es que muchas personas trabajadoras del hogar laboran sin contrato escrito y sin seguridad social, lo que dificulta comprobar la relación laboral. Sin embargo, aunque no exista un contrato firmado, los derechos laborales siguen existiendo y deben respetarse.
Las personas trabajadoras del hogar tienen derecho a:
- Recibir un trato digno y respetuoso.
- Tener un salario justo y pago puntual.
- Aguinaldo, vacaciones y prima vacacional.
- Seguridad social.
- Indemnización en caso de despido injustificado.
- No ser discriminadas ni violentadas.
Hablar del despido injustificado en el trabajo del hogar también es hablar de justicia social y de derechos humanos. Durante muchos años, este trabajo fue invisibilizado y considerado “ayuda” en lugar de trabajo con derechos. Por eso es tan importante que las personas trabajadoras del hogar se informen, se organicen colectivamente y conozcan las herramientas legales que existen en el Centro Nacional para la Capacitación Profesional de las Trabajadoras del Hogar (CACEH), para defenderse como personas trabajadoras del hogar.
La organización y la unidad siguen siendo fundamentales para transformar las condiciones laborales de miles de trabajadoras del hogar y avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria.
“EL TRABAJO DEL HOGAR SERÁ JUSTO O NO SERÁ”.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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