Por María Alatriste

Aviso: esta columna tiene muchos spoilers de Game of Thrones y The House of the Dragon.

Aunque antes tengo que confesar algo, a mí tampoco me gustó del todo el final de Game of Thrones. Sobre todo, nunca terminé de reconciliarme con la velocidad con la que Daenerys pasó de ser una mujer que durante años construyó buena parte de su identidad alrededor de liberar esclavos, proteger a los vulnerables y cuestionar a los poderosos a convertirse casi de golpe en la gran amenaza de la historia.

No porque Daenerys no tuviera oscuridad ya que la tuvo siempre. Era una Targaryen, con naturaleza violenta, castigaba brutalmente a sus enemigos y desde mucho antes existían señales de que su relación con el poder podría volverse peligrosa. El problema para mí ( y muchos), no fue necesariamente en qué terminó convirtiéndose, sino cuánto nos faltó ver para creer verdaderamente en esa transformación.

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