Por María Alatriste
El gato llegó una tarde en que la lluvia parecía haber borrado las calles.
La niña lo encontró debajo del coche de su abuelo: empapado, flaco y con una oreja mordida. No maullaba. Solo la miraba con esos ojos amarillos que tienen algunos animales, como si vinieran de un sitio donde ya conocen nuestras tristezas.
—Abuelo, nos escogió —dijo ella.
El viejito se agachó con dificultad. Llevaba meses caminando despacio, como si el cuerpo le pidiera permiso para cada movimiento. Miró al gato y respondió:
—Estás igual o más “amolado” que yo.
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