Por María Emilia Molina de la Puente*
Cuando escribí mi tesis de licenciatura, en la que abordé el contagio del VIH y sus implicaciones jurídicas, Philadelphia era una película de la que se hablaba mucho. La vi con la mirada de quien estaba formándose en el derecho: como un caso que obligaba a examinar la distancia entre los derechos reconocidos y la vida de las personas.
La película, estrenada en 1993, mostraba a un abogado que debía enfrentarse al despacho en el que había trabajado por la discriminación vinculada con el sida y su homosexualidad. Me parecía escandaloso que una organización de profesionales del derecho pudiera utilizar sus conocimientos y su poder para excluir a uno de los suyos.