Por Maricarmen Gutiérrez
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La Ciudad de México amaneció con dos celebraciones destinadas a encontrarse. Una llevaba camisetas de selecciones nacionales, bufandas y banderas de colores patrios; la otra, lentejuelas, plataformas, abanicos, glitter y las banderas del arcoíris. El Mundial de Fútbol y la Marcha del Orgullo LGBTQ+ compartían fecha, calles y, contra todos los pronósticos, también destino.

Durante días se dijo que la Marcha no podría llegar al Zócalo. La FIFA había instalado ahí el Fan Fest para transmitir los partidos y el gobierno había advertido que la plancha estaría ocupada.

Pero la ciudad hizo lo que suele hacer cuando millones de personas salen a apropiarse de sus calles: ignoró las previsiones, presionó y la plancha del Zòcalo se abrió. 

Poco a poco, el Centro Histórico comenzó a mezclarse. Sobre la calle Madero avanzaban familias enteras rumbo al futbol. A unos metros, contingentes de la diversidad caminaban con el mismo destino. Las banderas de Colombia y Portugal empezaron a convivir con las del orgullo, las trans, las bisexuales, las lésbicas y las no binarias.  Las playeras de la selecciòn mexicana eran potadas al tiempo que un pañuelo o una bandera de la comunidad LGBTQ+. 

Nadie parecía dispuesto a ceder el espacio

En el escenario principal del Zócalo, mientras las pantallas gigantes alternaban imágenes del espectáculo previo al partido, distintos activistas de la comunidad LGBTQ+ tomaron el micrófono para recordar que aquella plaza también era suya.

Entre ellos estaba Rafael Ramírez, secretario de Diversidad del PRI en la Ciudad de México. Desde el escenario hablaba de derechos, pero también de resistencia.

Porque, dice, los obstáculos para quienes pertenecen a la diversidad sexual no son únicamente simbólicos.

Las resistencias aparecen cuando las iniciativas de ley quedan al final de las negociaciones políticas, cuando son los primeros temas que se sacrifican durante los acuerdos legislativos. Pero también se sienten en el cuerpo: en el desgaste cotidiano, en los insultos, en las agresiones físicas y en la violencia permanente de las redes sociales.

Desde su perspectiva, el poder en México continúa profundamente masculinizado.

No basta con colocar personas abiertamente LGBT en cargos públicos si únicamente cumplen una cuota o sirven para la fotografía. Lo importante, insiste, es que quienes realmente conocen las necesidades de la comunidad lleguen a los espacios donde se toman decisiones.

"La Ciudad de México suele venderse como la panacea de los derechos LGBT", dice. "Pero todavía las personas trans siguen siendo las más discriminadas. Todavía falta legislar mucho para que tengan exactamente los mismos derechos que cualquier otra persona". 

Recuerda que durante años las personas de la diversidad sexual fueron invisibilizadas dentro de la política:  "por ahí nos invisibilizaron; parecía que no existíamos y que no teníamos la misma valía que las demás personas. Parecía que el sector LGBT tenía que estar metido en un cajón o en un clóset."

Para él, todavía existe resistencia a que integrantes de la comunidad ocupen espacios de decisión, cargos desde donde puedan impulsar cambios legales pero "poco a poco nos estamos ganando esos espacios porque nadie nos los está regalando."

Mientras Rafael y otros activistas hablan desde el escenario sobre representación política, la plaza cambia de rostro casi sin que nadie lo note.

El Zócalo comienza a llenarse. Aparecen más camisetas de selecciones nacionales, pero también más banderas de identidad y de diversidad sexual. De fondo suena Juan Gabriel.

El machismo no es una computadora descompuesta

La multitud avanza por Madero con paso lento. Cada pocos metros alguien se detiene para tomarse una fotografía, abrazar o acomodarse el maquillaje. Hay música saliendo de las bocinas portátiles, vendedores ofreciendo abanicos y botellas de agua, turistas caminando y tomando fotografías, integrandose.

Entre esa corriente de personas caminan Day, Lize y Yuri. Son adolescentes. Las tres se identifican como bisexuales. Cuando hablan de discriminación, ninguna comienza por mencionar su orientación sexual; empiezan por ser mujeres.

Coinciden en que el machismo atraviesa su vida cotidiana incluso antes que la bifobia. Después vienen las preguntas incómodas, las personas que les exigen "decidirse" por hombres o mujeres, los comentarios familiares, las burlas y el rechazo.

"He recibido más cuestionamientos por mi autoridad como mujer que por ser bisexual", dice Lize.

Habla del machismo como un sistema que condiciona prácticamente cualquier espacio donde se mueve: la escuela, el trabajo, la familia.

"El machismo no es que sea una computadora rota que podamos reparar y ya. Pero definitivamente hay que hacer algo con el respeto hacia las mujeres y con la misoginia"

Day recuerda las discusiones en su trabajo. Más de una vez le han dicho que las tareas pesadas corresponden a los hombres mientras las mujeres deben encargarse de limpiar.

"Los hombres se dedican a hacer lo más pesado y pues ustedes limpien."

Ella responde: "sé usar un taladro. Si quiero usar un taladro no es porque sea machorra; es porque puedo usarlo, porque sé usarlo."

Yuri escucha en silencio antes de intervenir. Para ella, la discriminación todavía empieza en casa. "Tengo que ocultar mi orientación sexual. Me ven feo, me regañan o simplemente se alejan de mí". 

Habla con una naturalidad que desarma, tranquila pero ocultando la cara entre su cabello. No dramatiza. Parece describir una rutina.

Las tres coinciden en un deseo que, dicho en voz alta, resulta sorprendentemente sencillo; aspiran a vivir sin tener que dar explicaciones. "A no rendir cuentas de a quién amo y a quién no."

Mientras terminan la frase, un grupo de aficionados pasa cantando rumbo al Zócalo.

Separo mi vida drag de mi vida como ingeniero

A la altura de la Casa de los Azulejos, el desfile adquiere otra vestimenta. Hay quien marcha en tenis y pantalón de mezclilla; otros llevan horas preparándose para este momento. Pelucas imposibles, plataformas de vértigo, maquillaje que convierte el rostro en un lienzo y vestuarios confeccionados durante semanas avanzan entre la multitud como si las calles del Centro fueran una pasarela improvisada.

Entre ellos está Thalía. Su personaje no pasa inadvertido. Va caracterizada como Patricio Estrella, el amigo de Bob Esponja

Para ella, hacer drag nunca ha sido solamente entretenimiento."Hacer drag es una postura política", dice.

"Ponerte una peluca, unos tacones y salir a la calle... vamos literalmente contra la heteronorma, contra la hegemonía y contra todo lo que nos impone la sociedad en México."

No habla únicamente de maquillaje ni de personajes. Habla de ocupar un espacio que históricamente les fue negado. "Es ir a la contraria, nadar contra corriente y seguir siendo yo", asì sobrevive al sistema patriarcal. 

Su trabajo es nocturno, cuando la inseguridad sigue siendo una preocupación constante para quienes viven del espectáculo, pero no es el único problema.

También habla de explotación laboral. "A veces no entienden por qué hacemos esto y solamente nos utilizan para lucrar económicamente."

Quienes contratan espectáculos drag, dice, suelen ver el trabajo únicamente como un atractivo comercial, sin reconocer el tiempo, el dinero, la preparación y la carga política que implica construir un personaje. Mientras habla, una pareja le pide otra fotografía. Vuelve a sonreír.

Unos metros más adelante aparece Sirenoman o, mejor dicho, Corazone. Llega desde Querétaro caracterizada como el superhéroe retirado de Bob Esponja. El traje azul metálico, cuando no practica drag es ingeniero.  "No lo hago", responde cuando se le pregunta cómo concilia su profesión con el drag.

"Mi vida drag la mantengo separada”. En la empresa donde trabaja nadie sabe que hace drag. Tampoco saben que es gay. Prefiere que siga siendo así.

"Mis decisiones ya no serían tomadas de la misma manera. El trabajo se volvería mucho más pesado."

Habla de un ambiente profundamente conservador y machista: "Mi empresa es muy misógina. Existe una cultura de ver a la comunidad hacia abajo."

Cuenta que las posiciones de liderazgo continúan ocupadas por personas con una visión tradicional del mundo. "Las cabezas de poder tienen mentalidades antiguas donde no está bien visto formar parte de la comunidad". 

Por eso decidió construir dos vidas paralelas. Una, la del ingeniero, otra, la de Corazone. No porque quiera, sino porque considera que, hoy por hoy, es la única manera de proteger ambas.

"Mentalmente es más sano para mi”, al menos hasta que este mundo cambie.

Me hipermasculinizo para atender a mis pacientes sin controversia  

Baldo trabaja como paramédico. Su labor consiste en salvar vidas. Paradójicamente, para hacerlo siente que debe esconder una parte de la suya."Tanto física como emocionalmente tengo que separar mi sexualidad de mi trabajo para evitar que mis pacientes sientan controversia sobre mí ".

Explica que dentro de la institución donde trabaja sus compañeros conocen su orientación sexual pero no la vive plenamente. El problema se agranda frente a los pacientes.

Dice que, con frecuencia, modifica su voz, controla sus gestos y endurece sus movimientos. Se obliga a proyectar una masculinidad que no necesariamente corresponde con quien es. Se hipermasculiniza.

Algunos pacientes descubrieron que pertenecía a la comunidad LGBTQ+ y prefirieron rechazar su atención médica, por creer que podían contagiarse de alguna enfermedad de transmisión sexual simplemente por ser atendidos por una persona gay.

"Como personal de salud, hay personas que prefieren poner en riesgo su vida antes que estar en manos de alguien de la comunidad LGBT."

Baldo continúa "mucho de mi trabajo ha consistido en invisibilizar mi orientación sexual. En hipermasculinizarme para acercarme a los pacientes de una forma en la que ellos se sientan cómodos, aunque eso implique poner mi identidad de por medio". 

Mientras lo hace, varias personas le piden fotografías por el traje de Chico Percebe. Él sonríe, posa, abraza a Amore, su pareja.

Y mientras Baldo, Corazone y Thalía cuentan sus historias, la marcha continúa avanzando entre música, consignas y aplausos.

A simple vista parece un desfile de colores, pero basta detenerse unos minutos para descubrir que, detrás de cada lentejuela, cada peluca y cada personaje, hay una historia construida alrededor de la misma pregunta: ¿Cuánto de uno mismo hay que ocultar, que arriesgar, para poder trabajar?

"Quiero morir siendo trans, no por ser trans"

A la altura del Hemiciclo a Juárez la música sigue sonando, pero por unos minutos deja de ser protagonista.

Un grupo de personas trans forma un círculo y pide un minuto de silencio. No hace falta explicar por quién. La multitud entiende y levanta el puño en símbolo de resistencia.

El silencio termina y entonces llegan los gritos. “¡Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las trans delante de la gente!” Otra consigna responde desde atrás. “¡No somos una, no somos cien… pinche gobierno, cuéntanos bien!”

No piden privilegios. Piden dejar de contar a sus compañeras asesinadas, justicia, atención médica sin discriminación, documentos que reconozcan quiénes son; piden llegar a viejas.

Entre las cartulinas hay una en la que se lee: "Quiero morir siendo trans, no por ser trans."

Salir del clóset siendo adultas 

Unos metros atrás avanza otro contingente. Es el colectivo Mujeres Mayores de 30, integrado por mujeres lesbianas de 30, 40, 50 años y más.

Al frente camina Aide Mata, coordinadora del grupo. Mientras alrededor predominan las generaciones más jóvenes, ella recuerda que muchas de las mujeres que hoy marchan junto a ella crecieron en un país mucho más hostil. 

"Muchas tuvieron que salir del clóset ya siendo adultas", menciona. 

Habla de matrimonios sostenidos durante años por miedo al rechazo, de mujeres que ocultaron toda una vida afectiva para conservar el vínculo con sus familias y de otras que aún hoy prefieren permanecer casadas con un hombre antes que enfrentar la condena de quienes las rodean.

Paradójicamente, explica, buena parte de la discriminación continúa viniendo del mismo lugar que debería ofrecer refugio; la familia.

Aide encuentra otro punto en común con las generaciones más jóvenes: la infantilización. "Nos quieren someter con la idea de que eres una niña, eres una princesa y nunca te van a dejar crecer."

No importa si tienen veinte años, o cincuenta, con frecuencia sienten que otros siguen creyendo que pueden decidir por ellas sobre su cuerpo, sobre su sexualidad, sobre su deseo.

Frente a Bellas Artes la multitud comienza a compactarse. Los vendedores aprovechan para ofrecer agua, cervezas, banderas y abanicos.

Las bocinas cambian de canción, algunos bailan, se organiza un desfile, una coreografìa de Payaso de rodeo, besos de 3, banderas gigantes agitándose e incluso bodas.

Nos casamos porque nos amamos   

Teresa y Coni esperan turno frente a un registro de matrimonios. No es una ceremonia con efectos legales. Cuando se les pregunta por qué decidieron formarse, ambas me miran como si la respuesta fuera demasiado obvia: “porque nos amamos”.

Llevan quince años juntas, compartiendo una vida que, cuentan, en algunos lugares es recibida con naturalidad y en otros sigue despertando rechazo.

"La lucha sigue", dicen.

Más adelante aparece un contingente llegado desde Oaxaca. Trae banda, tambora.

Al frente camina Julián, prefiere no dar entrevistas. Hace un gesto amable, sonríe y continúa avanzando junto a su contingente.

Entre sus vestimentas aparecen referencias a comunidades indígenas y a identidades sexogenéricas que han existido mucho antes de que el concepto de diversidad sexual ocupara titulares o debates legislativos.

La diversidad no nació en las grandes ciudades, tampoco comenzó en las redes sociales, siempre ha estado ahí,  en los pueblos, en las comunidades indígenas donde casi nunca llegan los reflectores.

Cuando la movilización alcanza la Glorieta del Ahuehuete y continúa hacia el Ángel de la Independencia, el cansancio comienza a notarse. Hay maquillaje corrido, tacones en las manos, pelucas  inclinadas, diamantina pegada al sudor, pero nadie parece tener prisa por irse.

Alien boy 

En una cafetería cercana permanece Alien Boy. Su apariencia provoca que decenas de personas giren la cabeza.

La piel completamente pintada de tonos azules y verdes, ojos negros y gigantes; "decidí venir caracterizada como alien porque así siento que me percibe la gente". 

Se dedica al arte. Cuenta que constantemente debe defender sus decisiones creativas. No porque carezcan de calidad, sino porque vienen de alguien como ella: "porque soy rara” y añade “recibo agresiones todos los días, de todo".

Al caer la tarde, los vendedores de camisetas del Tri y de ornamentas alusivas a la comunidad siguen  ofreciendo sus productos.  La Línea 1 y la Línea 3 se llenan de colores. Algunos pasajeros apenas levantan la vista del teléfono, otros observan con curiosidad.

Durante unas horas, dos celebraciones completamente distintas ocuparon el mismo espacio sin desplazar a la otra. 

Historias distintas, edades distintas, profesiones distintas, una misma exigencia; que la identidad deje de ser un riesgo.

La diamantina permanecerá varios días pegada al pavimento. Las estructuras del Fan Fest desaparecerán. Las banderas volverán a guardarse. Pero el deseo de ser tratados por igual sin importar género, sexo, expresión sexual  u orientación continuara hasta que la exigencia sea cumplida.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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