Por Marilú Acosta
Mis dos abuelas no tuvieron madre. Ambas nacieron fuera de matrimonio a principios del siglo pasado de madres desconocidas y padres conocidos. Mi abuela-sin-nombre nunca supo cómo se llamaba su mamá. Ni tuvo la certeza de si vivía o había muerto. La otra quedó huérfana a los 3 años, aunque para cuando tenía año y medio, ya contaba legalmente con un tutor especial y el reconocimiento ante el juez de ser hija de su padre conocido; sin mencionar nada, ni siquiera el apellido, de su madre. La causa de muerte de esa mamá la registraron como fiebre puerperal y anotaron que dejaba viudo a un hombre que no era mi bisabuelo.
Ninguna de ellas tiene acta de nacimiento ni de bautismo. O por lo menos yo aún no las he encontrado. En su acta de matrimonio, mi abuela-huérfana modificó la grafía de su apellido materno conservando la fonética. Además tiene dos fechas de nacimiento: mismo mes, mismo año, diferente día. Buscándole apellido a mi abuela-sin-nombre, fui a una Curia donde me explicaron que la Iglesia llevó tres tipos de registros; no me aclararon si al día de hoy lo siguen haciendo y tampoco pregunté. Había registro para hijos legítimos, de papás casados por la Iglesia. Otro para hijos ilegítimos (que ahí debería de estar mi abuela-sin-nombre) y un tercero para las familias indígenas (donde también buscaron por si la madre desconocida fuera indígena). Por no dejar, investigaron en los libros de los hijos legítimos, porque eran épocas complicadas —la guerra de los cristeros— y con tal de bautizarlos, no pedían tantos papeles para comprobar la legitimidad de los niños. A mi abuela-sin-nombre no la encontraron en ningún lado.
Las mamás de mis abuelos tienen sus historias: a una la enterraron viva a sus 60 años para quitarle dinero y pertenencias. Ese favorcito se lo hicieron entre dos hermanas y un párroco. La otra sólo aparece en el censo de 1930. Mi mamá quedó huérfana a los 31 años y yo ya no tengo madre.
Hay tantas preguntas sin resolver. ¿Acaso mis bisabuelos ejercieron violencia vicaria con las madres de sus hijas? ¿Por qué ninguno quiso compartir la historia de esas madres desconocidas? Datos que también formaron parte de su historia y que, por si fuera poco, son mi historia. Por donde le busque, tengo un linaje femenino trunco, lleno de silencios, de ausencias, de secretos, de familias rotas, de niñas que querían a su mamá. De mamás que —supongo— querían a sus hijas. De mujeres que no tuvieron madre y que fueron madres de muchos hijos (entre las dos abuelas trajeron al mundo 19 bendiciones), sin saber bien cómo ser mamás por no tenerlas. Un mundo con presencia paterna, ¿pero a qué costo?
Esto sucedió en la época post-revolucionaria, cuando aún no se formaba el Partido Revolucionario Institucional y los políticos se mataban sin que les temblaran las manos. A mis abuelas las tipificaron como hijas naturales, como se señalaba a los hijos inciviles o nacidos del pecado. Quiero pensar que mis abuelas fueron fecundadas con amor, pero no lo sé. ¿En qué momento y cómo se enteraron los papás conocidos del nacimiento de sus hijas? Porque ninguno de ellos vivía con las mamás. ¿Habrán nacido ante la presencia de sus padres conocidos? ¿Por qué las cuidaron ellos? ¿Fue por amor? ¿Las mamás las entregaron tranquilas o llenas de miedo?¿Cómo fue la plática entre papás y mamás? ¿Fue consensuado, fue amoroso, o simplemente se las arrebataron? ¿El silencio de los padres conocidos fue por un pacto de amor o para encubrir actos innombrables?
Soy la cuarta generación de esas madres que no conservaron a sus hijas y la tercera de esas mujeres que no conocieron a su mamá. El dolor, la soledad y las incógnitas de mis bisabuelas y abuelas retumban en mi corazón. Encuentro en mi vida resonancias con sus historias y descubro miedos extraños que cobran sentido cuando las recuerdo a ellas. Mi vida se ha gestado dentro de un duelo femenino. Ser madre, en mi familia, es un deporte de alto riesgo.
México es un país donde más de 25 mil madres buscan a sus hijos y muchos hijos crecen con la incertidumbre de no saber en dónde quedó su madre, ni su padre, porque de los más de 133 mil desaparecidos, aproximadamente 75% son hombres. Somos una sociedad en duelo, con más de 80 mil cuerpos sin reconocer y quién sabe cuántos medio enterrados en todo el territorio nacional. Tristemente, dentro de un siglo, con las cuartas o más generaciones, seguiremos experimentando las consecuencias de la realidad mexicana.
Este 10 de mayo festejé sin madre. Si hubiera un monumento a la madre desconocida y/o ausente, con mi feminidad rota, le hubiera depositado una flor.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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