Por Marilú Acosta Esta semana llegan humanos de todo el mundo a este país con su impecable olor a limpio. Qué genial idea haber derramado Fabuloso concentrado en toda la Ciudad de México a través de la incomprendida pintada de color lavanda.
Mucha crítica a la pintura y a las inundaciones, pero no hemos entendido la máxima de limpieza que nuestras mamás nos han dicho toda la vida: remójalo. Así está la capital mexicana del Mundial: remojada en Fabuloso-olor-lavanda. No es que el sistema de cañerías esté rebasado, ni que el lago esté reclamando su presencia, ni que los capitalinos no sepamos gestionar la basura. Para nada. Es el frío cálculo de quien sabe que para ahuyentar a los moscos-más-asesinos-que-los-tiburones, se usa lavanda y citronela. Esto gracias a que tenemos un gobierno que sabe que sus deseos son órdenes y que las conferencias de prensa son el caldero de las brujas en donde se lleva a cabo la magia. Algo parecido a lo que decía Descartes: pienso, luego existo. Para los morenistas es: declaro, luego existe.
Por el momento no se han enterrado ni cuchillos ni se han puesto cruces de sal para evitar las lluvias porque estamos en modo lavadero. No confundamos las cruces que indican los lugares de los muertos: los motociclistas por no tener cultura vial; las mujeres, bueno, por ser mujeres; y los hombres, parece que también por ser hombres. Digamos que los muertos están porque alguna vez estuvieron vivos. Ya que se acerque la inauguración, este 11 de junio, sí entierren cuchillos y saquen la sal para no tener que lavarle la ropa a nuestros invitados.
Me preocupa el cerco comercial que impuso la FIFA. ¿Qué pasa si nos tiembla durante el Mundial? ¿Si a los encargados-de-confianza se les va el dedo y activan —por error— la alerta sísmica? ¿O si las costas del Pacífico deciden que es momento de saludar? ¿Quién nos va a vender los bolillos? Me gustaría contar con la certeza prehispánica de algún rito que pueda calmar a Tepeyóllotl (el dios azteca de los temblores), pero por más sangre, incienso, tabaco y piedras preciosas que se le ofrendaban, los temblores no se han podido controlar.
Mientras que los chilangos sabemos que los simulacros parecen más una invocación al movimiento telúrico que una cultura de protección civil, los extranjeros no. Ellos traen sus propios bichos, que esperemos no se conviertan en caldo de cultivo para alguna emergencia sanitaria, y sus propios instintos de supervivencia, moldeados por sus circunstancias y gobiernos. ¿Se imaginan a los japoneses buscando el triángulo de la vida y a los gringos abriendo sus apps de traducción simultánea para entender las instrucciones que llegan a sus celulares? Todos estarán arrepintiéndose de no haber bajado Duolingo con tiempo para aprender español. Pobres extranjeros esperando instrucciones a través de los altavoces del Estadio Azteca, que suenan como si estuvieran en una cueva bajo el agua. ¿Los estadios se evacúan o no se evacúan?
La verdad es que ningún estadio, en los tres países sedes, está construido pensando en una evacuación masiva. Todos tienen cuellos de botella. Dirán, mal de muchos, consuelo de tontos , pero es que nadie ha pensado en que los estadios son —en los Mundiales— Torres de Babel que contienen individuos que desconocen las acciones a seguir durante una alerta presidencial. Sí, es presidencial por ser la alerta de mayor rango catalogada internacionalmente. El problema que tenemos los chilangos es que estamos tan hartos de la soberbia y egolatría de nuestros presidentes, y que todo lo han brandeado con sus nombres y su partido, que pensamos que hicieron lo mismo con la alerta. Pues no, no tuvieron nada que ver, y malamente en el último simulacro modificaron la configuración para que aparezca en la Ciudad de México “alerta máxima” (de menor rango que la presidencial) para no tener a la población sobreviviendo al susto y mentándoles la madre.
Yo sugiero que a la entrada del país, junto con las despampanantes medidas de seguridad epidemiológica que incluyen las jergas con desinfectante que tanto nos salvaron en la pandemia, y además de sus preguntas —¿Trae Ébola o Hantavirus?, ¿alguna droga?, ¿más de 10 mil dólares en efectivo?, ¿se considera terrorista?, ¿tiene fiebre?—, les entreguen su kit de supervivencia mexicano: sus estampitas para evitar los contagios infecciosos, un bolillo y croquetitas para que los perros rescatistas los encuentren entre los escombros. También debería llevar la leyenda: no pregunte, el bolillo es p’al susto y las quesadillas no siempre llevan queso .
Ahora que si tiembla, la FIFA tendrá la justificación perfecta para cobrarles a los dueños de palcos y plateas una módica cuota por la experiencia extra del subidón de adrenalina por una alerta y/o temblor que no está incluido en el encuentro mundialista.
Por ahí dicen que las personas normales, ante una tragedia, corren para alejarse de ella. Los mexicanos no. Nosotros corremos hacia la tragedia para ver cómo ayudamos. Esperemos que en este Mundial ningún extranjero experimente ese tipo de solidaridad mexicana.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51 .
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