Por Melissa Moreno Cabrera
Mientras México celebra la Copa del Mundo, una fotografía fuera del estadio recordó una realidad que sigue esperando respuestas.
En plena inauguración del Mundial, otra fotografía empezó a circular por el mundo. No aparecía ningún gol, no había jugadores, árbitros ni aficionados. Aparecía una madre sosteniendo la fotografía de una persona desaparecida frente a una línea de policías.
Durante meses se habló de la imagen que nuestro país proyectaría más allá de nuestras fronteras como uno de los anfitriones de la Copa del Mundo. Los preparativos estuvieron acompañados por las promesas de siempre: derrama económica, turismo, inversión, proyección internacional y orgullo nacional. En los primeros días, los reflectores se concentraron en los estadios, las ceremonias, las celebraciones y las obras que prometían transformar las ciudades anfitrionas. Sin embargo, detrás de la pintura fresca y las avenidas remozadas seguían presentes los mismos debates sobre vivienda, agua, movilidad y desigualdad.
Fuera de las transmisiones y de las campañas promocionales comenzaron a circular otras imágenes: madres buscadoras sosteniendo fotografías de sus hijos desaparecidos, organizaciones sociales aprovechando la atención internacional para visibilizar demandas históricas, vecinos preocupados por el acceso al agua y el aumento de las rentas, así como las transformaciones urbanas que suelen acompañar a los grandes eventos deportivos.
Las escenas resultan incómodas porque interrumpen una narrativa cuidadosamente construida. Mientras el Mundial proyecta una imagen de modernidad, desarrollo y capacidad organizativa, esas imágenes recuerdan que México sigue enfrentando problemas que no desaparecen con el silbatazo inicial. Las madres buscadoras siguen buscando; los feminicidios continúan ocurriendo; los maestros mantienen sus movilizaciones; las familias enfrentan dificultades para acceder a una vivienda digna, y las desigualdades que atraviesan al país siguen ahí, aunque durante unas semanas los reflectores apunten hacia otro lado. La fiesta es real, pero también lo es la realidad que permanece fuera del encuadre.
Una de las imágenes más duras del arranque mundialista no ocurrió dentro del estadio, sino sobre Calzada de Tlalpan. Ahí, madres buscadoras que caminaban con fotografías, veladoras y playeras intervenidas con los rostros de sus desaparecidos fueron contenidas por un cerco policial cuando intentaban acercarse al Estadio Ciudad de México. La escena condensó de golpe la contradicción del momento: mientras el país preparaba su postal de bienvenida para el mundo, las familias que buscan a más de 130 mil personas desaparecidas eran frenadas antes de llegar al principal símbolo de la fiesta.
La imagen no se quedó en México. Reuters distribuyó fotografías y testimonios de las madres buscadoras a medios de todo el mundo. En Francia, Le Monde publicó un reportaje sobre los colectivos que intentan aprovechar la atención global del torneo para visibilizar una crisis que lleva años abierta. Courrier International retomó la historia de los álbumes de búsqueda inspirados en las estampas mundialistas. En Japón, Japan Today informó sobre las movilizaciones realizadas alrededor de los estadios. En India, The Telegraph destacó la lucha de familias que siguen buscando a quienes faltan. Mientras nosotros celebramos la fiesta, parte del mundo está mirando una herida que sigue abierta.
La consigna que se escuchó durante la movilización fue contundente: “¡A las buscadoras no se les violenta, no se les reprime, no se les mandan granaderos!”. Porque las madres buscadoras no son un grupo de choque ni una amenaza para el orden público. Son mujeres que buscan a sus hijos, a sus hijas, a sus hermanos, a sus esposos. Son mujeres que han hecho el trabajo que el Estado no ha podido o no ha querido hacer.
No llevaban armas ni buscaban reventar un partido; llevaban una ausencia.
Quizá lo más inquietante no es la fotografía de las buscadoras frente a una línea de policías. Lo inquietante es que la escena ya no nos sorprenda. Que podamos verla, compartirla, indignarnos unos minutos y volver al marcador, como si las desapariciones fueran parte del paisaje, como si quienes faltan se hubieran vuelto parte de la rutina.
Eduardo Galeano escribió que el fútbol es la única religión que no tiene ateos; quizá por eso los Mundiales terminan hablando de mucho más que deporte: hablan de identidad, de memoria, de poder y también de aquello que permanece fuera del encuadre. El que hoy se juega en México no sólo está contando la historia de una fiesta, también está mostrando duelos, desigualdades y heridas que siguen formando parte del país.
Y, sin embargo, el fútbol sigue siendo capaz de reunir a millones de personas frente a una pantalla. Las celebraciones son reales y la emoción también, pero los problemas, lamentablemente, no desaparecen porque haya un partido.
En las próximas semanas veremos goles, festejos y estadios llenos. Algunas de esas imágenes sobrevivirán al paso del tiempo y otras desaparecerán cuando termine el torneo. No sé qué recordará el mundo, pero sospecho que recordaré otra: la de una madre levantando la fotografía de alguien que sigue sin volver a casa. Porque mientras el Mundial nos preguntaba quién iba ganando el partido, ella seguía haciéndose una pregunta mucho más importante:
¿Dónde está?
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