Por Melissa Moreno Cabrera
El estigma puede convertir una confidencia en juicio, rumor o etiqueta y empujar de nuevo al silencio a quien se atrevió a hablar
Cuando falla la salud mental, se siente que una también se ha fallado. Llegan la terapia, los medicamentos, el número del psiquiatra entre los contactos de emergencia y palabras nuevas para comprender una tristeza que modifica la relación con el cuerpo, el sueño y los días.
Descubrir que se está enferma puede aliviar parte de la incertidumbre, aunque la culpa encuentra pronto su lugar. Una busca el momento exacto en que perdió el control, intenta explicar por qué no consigue sentirse bien y se pregunta si está exagerando. Mira alrededor y encuentra trabajo, familia, amigos, una casa, gatos, libros, música: todo aquello que, según los demás, debería bastar para estar bien. Como no basta, aprende a guardar silencio.
El estigma comienza antes de que alguien pronuncie una palabra, cuando una duda de su propio dolor y se pregunta si de verdad necesita ayuda, si debería poder sola o si los demás tienen razón al esperar que ya esté bien. Así, además de enfrentar la enfermedad, carga con la culpa de no recuperarse al ritmo que otros consideran suficiente.
Septiembre es el Mes Amarillo, dedicado a crear conciencia sobre la prevención del suicidio. El color y el lazo amarillo identifican una campaña que busca combatir el estigma y recordar la importancia de pedir ayuda. El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Hablar, sin embargo, exige pensar también en lo que ocurre después de pronunciar las palabras.
En México se registraron 8 mil 856 muertes por suicidio durante 2024, equivalentes a una tasa de 6.8 (por cada 100 mil habitantes), de acuerdo con el INEGI. La cifra no alcanza a mostrar las noches en vela ni el esfuerzo que pueden exigir tareas tan básicas como levantarse de la cama, bañarse o comer. Tampoco muestra a quienes responden “bien”, van a trabajar y sonríen para ocultar cuánto cuesta sostener una vida que desde fuera parece normal.
Durante una crisis, el dolor ocupa todo el tiempo: una noche parece interminable y cuesta imaginar el mañana. Hablar implica exponerse al juicio, a la lástima o a quedar marcado por aquello que apenas se intenta atravesar. Por eso muchas personas callan, incluso cuando el silencio también las pone en riesgo.
Hablar tampoco garantiza sentirse a salvo, porque lo que se cuenta en confianza puede pasar de una persona a otra y terminar rodeado de versiones que nadie pidió, en las que lo ocurrido se juzga como egoísmo, deseo de llamar la atención o una “tontería”. A veces se descubre por una pregunta fuera de lugar, un cambio en el tono de voz o el comentario de alguien que nunca debió enterarse; entonces llega una certeza incómoda: aquello que tanto costó decir ha comenzado a circular. A partir de ahí, cada enojo, ausencia o decisión se interpreta desde lo vivido, hasta reducir una vida entera a su momento más frágil.
Esa mirada también puede trasladarse al trabajo, cuando dejan de asignarle responsabilidades, dudan de su capacidad para tomar decisiones o interpretan cualquier error como una recaída. El cuidado mal entendido puede restarle autonomía si otros deciden por ella o limitan sus tareas sin preguntarle qué necesita; en los casos más graves, esa desconfianza abre la puerta a la exclusión, el hostigamiento o incluso el despido. Así, el diagnóstico termina pesando más que su experiencia, su criterio y su capacidad profesional.
Quien pidió ayuda puede terminar arrepintiéndose de haber hablado, porque la reacción de los demás confirma aquello que temía: contar lo que ocurre tiene un costo y, a veces, callar parece la única manera de conservar la intimidad.
Escuchar obliga a cuidar lo que otra persona se atrevió a confiar: acompañar sin interrogar, ofrecer ayuda sin imponerla y proteger su intimidad más allá del momento en que pidió ayuda.
Que alguien se atreva a hacerlo no autoriza a convertir una confidencia en chisme, juicio o etiqueta, ni a poner en duda su capacidad, restarle autonomía o reducirla a una enfermedad. Pedir ayuda nunca debería convertirse en un motivo para volver a callar.
Si tú o alguien cercano necesita apoyo, la Línea de la Vida brinda atención gratuita las 24 horas en el 800 911 2000.
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