Por Sonia Garza González*
En una era donde los productos se vuelven obsoletos en meses y la competencia está, en múltiples ocasiones, a un solo clic de distancia, existe un activo intangible que sostiene la permanencia y rentabilidad de cualquier empresa: la lealtad. Lejos de ser un concepto romántico o una simple preferencia repetitiva de compra, forma parte de una dinámica de confianza mutua que vincula a proveedores, empresas y clientes finales.
Entender y cultivar la experiencia de la lealtad ya no es un atributo deseable; es una estrategia fundamental para la supervivencia y el mantenimiento sostenido de los negocios. Es la disposición consciente e intencional de un individuo o entidad para mantener una relación comercial a largo plazo con una marca o empresa, incluso cuando existen alternativas en el mercado con ventajas aparentes de precio o conveniencia.
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