Por Miriam Álvarez, invitada Zoé

Tú también puedes compartir tu historia, Zoe te escucha.

Cuéntala aquí
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/650.064

Es difícil empezar a escribir sobre mi maldad, pero aquí vamos. Todo empezó cuando miré que mi seno izquierdo se deformaba cada vez que alzaba el brazo. No sentía la bolita, pero se veía raro, se sumía. Sabía que no era normal.

Tenía una muy mala corazonada y un día antes de ir al médico me dio un ataque de ansiedad. Decidí ir al médico, siempre en compañía de mi esposo. Un 5 de octubre de 2020, en plena pandemia, fui con mi doctor de cabecera, el doctor Jaime Serafín. Cuando me empezó a revisar, vi su cara y supe que algo no estaba bien. Me dio una orden para hacerme la mastografía y el ultrasonido de manera urgente.

Al otro día me hice los estudios. El médico radiólogo, en la mastografía, no encontró mucho, pero en el ultrasonido vio algo muy sospechoso. Me dio la orden de regresar de inmediato con mi médico y así lo hice. El doctor Serafín nos explicó dos formas de saber si tenía maldad o no. Una forma era por medio de un estudio en el que me tenían que sacar líquido con una jeringa, y la otra era entrar a cirugía, donde extraerían el nódulo, lo entregarían al patólogo y éste realizaría el estudio para determinar si tenía maldad o no.

Saliendo del médico, lloré mucho. Tenía miedo y lo sigo teniendo. Pero en mi cabeza solo pensaba: "Quiero vivir y haré todo lo que tenga que hacer para lograrlo".

Mi esposo quería una segunda opinión porque no estaba convencido y no lo podía creer. Así que la buscamos y no solo fue una segunda opinión, sino dos más y las tres coincidían en lo mismo. En menos de una semana, yo ya estaba programada para cirugía. El día 10 de octubre entré a quirófano, decidida a que, si encontraban maldad en mi ser, la quitaran desde la raíz. Mi cirugía fue programada con el cirujano oncológico Alfredo Gutiérrez.

Recuerdo que antes de entrar al quirófano me despedí de ella. Le di las gracias porque había cumplido su principal función: darle de comer a lo que más amo en la vida, mi niña. También por ser parte de mí y haberme hecho sentir bella.

Entré al quirófano, y cuando me dijeron que ya me iban a dormir, me puse a cantar la canción "Las flores" de Café Tacuba porque me gusta mucho. Cuando desperté, vi a mi esposo y a los doctores a mi alrededor. Yo, aún sedada por la anestesia, solo los escuchaba balbucear explicando lo que me habían realizado con muchas palabras técnicas. Pero solo con ver el rostro de mi flaquito, entendí todo lo que trataban de explicarme: "Tenía maldad en mi ser y la quitaron desde la raíz".

No puedo decir que no me lo esperaba, porque muy dentro de mí, ya lo sabía.

Fue algo muy raro. Tres años antes me había dejado crecer el cabello para donarlo y había decidido hacerlo en ese mes, el mes rosa, el mes de la lucha contra el cáncer. Siempre le he dicho a mi hija lo importante que es saber revisarse y a mí me pasó.

Un año antes, empezamos a pagar la fiesta de XV años de mi hija. Lo íbamos a celebrar en grande el 30 de octubre, pero la pandemia y la cirugía no fueron una buena opción. Todo se pospuso.

Después de la cirugía, tuvimos que esperar los resultados generales de la patología de los ganglios para saber qué  iba a proceder. El doctor me había dado una luz de esperanza: lo más seguro era que no iba a necesitar quimios, ya que cuando retiraron los ganglios, con su experiencia y a simple vista, se veían bien.

Llegó el momento de la entrega de los resultados de los 16 ganglios. Uno, solo uno salió con maldad. Por lo que entendí de mi médico, sin palabras técnicas, mi maldad no es hereditaria, no la voy a heredar (gracias a Dios). Y el doctor me dijo: "Fue suerte".

¡Puta madre! Me dije a mí misma. ¡Qué pinche maldita suerte! Pero también pensé que qué bueno que se encontró todo a tiempo.

Así empecé esta travesía, había días en los que me sentía como en un capítulo de La rosa de Guadalupe, con mucho drama, y otros en los que solo quería cerrar y abrir los ojos y pensar que era solo un sueño desagradable.

Me dirigieron con un nuevo oncólogo, el doctor Alejandro Juárez, quien desafortunadamente falleció durante la pandemia, pero tuve la fortuna de que ya me había dado mi tratamiento adecuado: cuatro quimios rojas y cuatro blancas.

Las quimios son horribles: náuseas, mareos, falta de fuerza, algodoncillo, caída de cabello, granos en la cara, dolor, dolor y más dolor. Miedo por todo. Y no olvidemos que estaba en pandemia: no podía ver a mi familia, no podía estar con mis amigos. Quería muchos abrazos, los necesitaba cerca, pero no me los permitieron. Llamadas, videollamadas, mensajes de texto… ahí estaban.

Cuando se me empezó a caer el cabello, wow, ¡qué horrible! No aguantaba el dolor del cuero cabelludo, la desesperación de los cabellos en mis manos, ver los mechones de cabello en mi almohada. No es como en las películas, donde simplemente se cae y los rapan, y ya. No. Así no son las cosas.

Ya he perdido partes de mi cuerpo: años atrás, mi útero, mi ovario, mi seno… y ahora el cabello.

En mi desesperación, llamé a mi querido primo Omar, el estilista. Él sabía cuánto me gustaba mi cabello. Llorando, le dije: “¿Por qué a mí?”. Y él respondió:

“Miriam, déjate de tonterías y mira a tu alrededor y da gracias. Gracias porque se te detectó a tiempo. Gracias porque tienes el tratamiento y puedes pagarlo. Gracias porque tu familia no te deja. Y gracias porque sigues aquí. Hay muchos que no tienen esa gran fortuna, y tú lo tienes todo. Deja de llorar por tu cabello… ¡El cabello crece!”

No me habló con delicadeza. Me dijo solo la verdad. Me dio un gran jalón de orejas. Lo necesitaba.

Ese día le pedí a mi esposo que me ayudara a raparme. Me miré en el espejo y, con una lágrima en los ojos, me dije: Ay, Dios, qué chistosa me veo. Y me puse a reír de mí misma.

A pesar de todo lo que había pasado, no sé si yo misma me bloqueé, pero nunca escuché la palabra cáncer. Porque hablar de cáncer es como hablar de muerte.

Qué difícil es comunicarle esto a familiares y amigos. Un día fuimos a ver a mis primos y me hicieron sentir que me tenían lástima. Fue horrible. Entendí que también para ellos es difícil y no saben cómo hablarnos. Por eso sé que hace falta más información para las personas que están alrededor de un enfermo de cáncer, o de otra enfermedad que relacionan con la muerte, para que no los traten así. Yo creo que no nos deben tratar diferente. ¡No soy un muerto viviente!

A pesar de pasarla muy mal, afortunadamente he tenido mucho apoyo de gente que ni conocía. Sé que Diosito me puso en esta situación por algo. Siempre he pensado que debo hacer algo más, no solo para mí, sino para la gente a mi alrededor. No he encontrado qué, pero sé que pronto tendré la respuesta indicada.

Un día, de la nada, recibí una llamada muy especial. Para mí, fue un ángel. Mi prima le compartió mi número a su amiga, quien tenía una asociación para ayudar a mujeres con esta enfermedad. Mi querida Mónica, mi MUSA, me dijo:

“No estás sola. Te vamos a acompañar en tu proceso. Somos muchas las que hemos pasado por esto, y juntas te apoyaremos”.

Las Musas me regalaron mi peluca. Lloré de emoción, pero sinceramente no me la pude poner. Aparte de los bochornos que tenía por las quimios y la picazón en mi cabeza, cuando me la llegué a poner, me miré en el espejo y dije: ¿Quién es ella?. No era yo. Me acepté peloncita, y disfruté mi calva con mucho amor.

Cuando me empezaron a salir mis cabellitos de bebé, parecía pollito.

(Hago un paréntesis: mi hermano me regaló un suplemento especial que pude tomar previo a la autorización del oncólogo. Siento que ese suplemento, junto con el amor de mis hermanos, ayudó a que mi cabello creciera muy rápido. Yo aún no terminaba las quimios y ya tenía mis cabellitos de bebé).

Las quimios para mí fueron muy feas. No podía comer con cuchara de metal, porque los alimentos me sabían muy feo. De hecho, todo sabía feo. Mi boca se llenó de algodoncillo porque tenía los anticuerpos muy bajos.

Sin embargo, aunque la comida me sabía a rayos, tenía algo muy presente: tenía que comer, comer bien, hacer ejercicio y levantar mis ánimos, para que mi sistema inmunológico se fortaleciera y pudieran aplicarme la siguiente quimio.

Cada quimio me daba miedo. El medicamento que me suministraban antes de la quimio me provocaba mucha ansiedad, y solo quería tener a mi flaquito a mi lado.

Mi última quimio fue en mi cumpleaños. No quise que cambiaran la fecha. Tenía que celebrar mis 40 a lo grande y qué mejor que como el Ave Fénix: resurgiendo de las cenizas.

Los doctores no me explicaron todo: el dolor del brazo, los dolores fantasmas, además del tema psicológico, la familia, los gastos.

Tengo que cuidarme toda la vida para que no me dé una linfedema, por los ganglios que me quitaron. En tiempo de calor, me duele el brazo y la zona de la operación.

En alguna ocasión, alguien me preguntó: ¿Cómo le agradecerías al cáncer? Qué difícil fue responder en ese momento. Ahora puedo decir que agradezco al cáncer por muchas cosas: porque me hizo conocerme, porque disfruto cada momento, porque aprendí a escucharme a mí misma y porque todo se descubrió a tiempo. Agradezco que, gracias al cáncer, he tenido la fortuna de conocer personas extraordinarias, médicos que merecen todo mi respeto, y también agradezco que, gracias al cáncer, puedo decirlo a gritos: Carlos me ama.

Siempre traté de ver mi maldad con la mejor cara. Necesitaba reírme de mí misma, decir sí se puede.

Estoy aquí, lista para terminar esta carrera que ha sido muy ruda, con pendientes muy altos, pero también he tenido muy buenos arrancones, buenos doctores, mucha porra por parte de mi familia y amigos.

Mi entrenador, quien ha avanzado conmigo en toda esta carrera, me ha demostrado que el verdadero amor existe: mi esposo.

La meta está cada día más cerca.

Actualmente, estoy en mi cuarto año de remisión, tomando solo una pastilla de hormonas. El doctor me dice que puedo hacer mi vida normal. 

Me gusta el deporte y voy al gym, corro y me gusta mucho caminar en el bosque y disfrutar los amaneceres y atardeceres. Solo me falta un año para decir:

“¡Puto cáncer, me la pelas!”

No puedo decir que estoy al 100%. Hay días en los que me da la depresión, pero soy un ser humano. En este tiempo, falleció mi padre, y para mí fue un dolor más grande que la quimio.

Si tú, que me lees, vas a comenzar este proceso, puedo decirte que no será fácil, pero se puede. Ten fe en ti, escucha tu cuerpo y ama vivir.

Decreto que ya no tengo maldad en mi ser.


Zoe es un proyecto editorial de Opinión 51 que busca contar historias de pacientes de cáncer de mama, sus miedos pero también su motivación y su fuerza. Creemos que las palabras abrazan y acompañan, tu historia puede ser una fuente de esperanza para alguien más.

Haz click en el siguiente enlace para contarnos tu historia. Queremos escucharte.

Proyecto independiente posible gracias al apoyo de AstraZeneca.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.