Por Mónica Hernández
Carajo. Esta película ya la vi y ya la viví. Dos veces. Estaba en prepa cuando tembló en 1985 y se cayó media Ciudad de México. Cuando la cuenta oficial fue de 10,000 personas fallecidas, pero la cifra oficiosa multiplicó ese número por diez. Cuando la ayuda que llegaba era monopolizada por el gobierno de turno y no llegaba a quien la necesitaba. Cuando pasaban los días y aparecían sobrevivientes como prueba de que existen los milagros. Cuando empezaron a salir los cuerpos como prueba de que las desgracias también existen, como también existe la corrupción que construyó viviendas invivibles, tan frágiles como lo es la vida misma. Así nos pesca la muerte: desprevenidos, con la guardia baja, sin protocolos, aunque lleguen las alertas.
Ver las imágenes y los videos de lo ocurrido en Venezuela es revivir lo que vimos, lo que olimos, lo que sentimos. Porque la memoria tiene esa cualidad de repetirse y vemos pasar la película de los edificios colapsados, caídos como resortes sobre el suelo; techos y pisos comprimidos en pocos centímetros; cascotes de materiales revueltos con juguetes, restos de muebles, cortinas y zapatos. Brazos hinchados y de color azul que asoman, lo mismo que piernas y partes de cuerpos que uno no quiere, pero no puede dejar de mirar. El olor a gas de las tuberías mezclado con el de la descomposición de personas y animales. No puedo ver los videos sin volver a paralizarme, sin volver a llorar. Pero no de tristeza. Lloro de rabia. Los edificios rotos muestran que estaban hechos de hule espuma forrada de cemento. ¿De verdad había que ser tan miserables como para hacer casas “populares”, o de interés social, como diríamos aquí, con tanta maldad? ¿De verdad es necesario prohibir la entrada de organizaciones civiles a la zona cero? ¿De verdad es necesario controlar la narrativa de lo que ocurre y de la ayuda que no llega? En México, en el 85, fueron rumores de que desde los gobiernos federal y local se “robaban” lo que llegaba de fuera —fueran tiendas de campaña o víveres—, pero ahora hay videos. La gente rasca con las manos. No había maquinaria, no había palas, no había más que la voluntad férrea de localizar a un abuelo, a un perro, a un niño que gemía porque ya no tenía fuerza para gritar. La ilusión de encontrar a un muerto para poder despedirlo y sepultarlo con algo de dignidad.
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