Por Mónica Hernández

La inmediatez es el virus de la actualidad y como todos los parásitos, es adicto y su huésped (o sea, una misma) también. También es adictiva. Nos engancha, nos envenena y no hacemos sino pedirle más. Que nos invada, que corroa nuestras entrañas. Que nos de gastritis y que nos haga pedirle sal para después hacernos creer que tiene el agua para nuestra sed. Si la respuesta no es instantánea no hay placer, sino frustración. Lo mismo pasa con la comodidad. Nos hemos aburguesado de tal manera que no soportamos estar incómodos, ni por un poco (ni de tiempo ni de ganas). Simplemente, ya no sabemos estar incómodos porque la cultura de la frustración pasó de ser una virtud a una carencia zen.

Cuando era niña los veranos eran eternos. Los pasaba en el club, en una especie de paraíso para mi mamá (nos dejaba, a mi hermana y a mí) a las ocho de la mañana y no pasaba a recogernos antes de las cinco. Estábamos tan cansadas que nos secaba el pelo (lo que faltara por secarse), cenábamos y veíamos la tele hasta que saliera Cantinflas Show y/o la Familia Telerín. Y a la cama a las ocho de la noche. La rutina se alargaba por varias semanas y se cortaba con un par de semanas ya fuera en la playa o en algún otro lugar, donde siempre teníamos que caminar. Las vacaciones eran para pasar horas en el coche, en el aeropuerto, en el avión, en la alberca del hotel, en el jardín, en la hamaca o donde fuera, pero lejos de un televisor. Eran semanas para asolearse y llenarse de pecas,  para comer helados todos los días (todo el día) y para no hacer absolutamente nada. Nadie se quejaba ni por los horarios, ni por los mosquitos y menos, por el calor. Eran vacaciones. 

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