Por Natalia Pérez*

Hay gritos que no hacen ruido.

Son los que nacen detrás de una pantalla, en un salón de clases, en una casa donde la violencia se volvió cotidiana o en una mirada que pide ayuda y nadie alcanza a interpretar.

Antes de que una niña, un niño o un adolescente ejerza violencia sexual, psicológica o física, e incluso llegue a privar de la vida a otra persona, muchas veces existieron señales: cambios de conducta, emociones no atendidas, preguntas sin respuesta, heridas que no fueron escuchadas y entornos donde aprender a convivir quedó relegado frente a las prisas de la vida adulta.

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Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.