Por Nayra Rivera*
La noche del 14 de junio se celebró en la Casa Blanca, en Washington, D. C., un evento que forma parte de los preparativos rumbo al 250.º aniversario de la independencia de Estados Unidos: un histórico encuentro de artes marciales mixtas denominado UFC Freedom 250, el cual coincidió con el cumpleaños número 80 del presidente Donald Trump.
Para ello, se instaló un octágono temporal en el Jardín Sur del recinto institucional, donde miles de asistentes presenciaron siete peleas; todas terminaron en nocaut (seis de ellas por la vía técnica). Fue un espectáculo lleno de sangre y testosterona, pero también impregnado de nacionalismo en cada detalle.
Aunque la UFC tiene estrellas femeninas como Natalia Silva, Karol Rosa y Valentina Shevchenko, solo hubo peleas varoniles en las que destacaron figuras icónicas de la empresa de Dana White, entre ellas Ilia Topuria, Alex Pereira y Diego López; el ganador de la pelea estelar, aun sin ser el favorito, fue el estadounidense Justin Gaethje. En esa velada, las únicas mujeres que estuvieron en la arena fueron las Ring Girls.
A diferencia de los espectáculos habituales en Las Vegas —a los que el presidente Donald Trump asiste con regularidad—, los diminutos atuendos de las edecanes se transformaron esta vez en vestidos con olanes, drapeados y terciopelo al estilo Capitán América.
Pero, ¿por qué el mismo cuerpo que es válido exhibir en un casino de Las Vegas se vuelve inapropiado frente al escudo presidencial?
La socióloga y filósofa feminista Marie-Cécile Naves argumenta en algunas de sus conferencias que, en los deportes donde la hegemonía recae en los varones, el cuerpo hipersexualizado de la mujer sirve como una especie de activo de entretenimiento complementario. Está diseñado para validar y exaltar la virilidad del espacio deportivo, pero además funge como una estrategia de marketing probada para captar la atención de audiencias masivas, segmentadas principalmente hacia hombres jóvenes y adultos.
Fuera de la arena privada en Nevada, al entrar al plano del poder político y la diplomacia de Estado, la empresa de Dana White se ve obligada a cubrir esos cuerpos. No por respeto a ellas, sino por el peso del despacho presidencial.
Los cuerpos de las mujeres siguen sin pertenecerles a ellas mismas: esta vez portaron los colores institucionales para encajar en la “decencia” del nacionalismo norteamericano, el cual suele utilizar la imagen de la mujer virtuosa como símbolo de orden social y superioridad moral, y la vestimenta es una de sus herramientas.
Nira Yuval-Davis, en su obra Género y Nación, explica que a las mujeres se les impone a menudo una "carga de representación" al servicio de la patria, que puede ir desde la reproducción biológica —como el control étnico— hasta la reproducción cultural y simbólica, transmitiendo valores y tradiciones, pero también encarnando ideales patrios como la pureza, el sacrificio o el honor.
Sac-Nicté Guevara Calderón argumentó en su columna La elección de un vestido que es poco común pensar que la moda, un recurso del que se valen las revoluciones ideológicas, pueda ser un guiño a posturas conservadoras o fascistas que, disfrazadas de tendencias como el “old money” o el “lujo silencioso”, en realidad “no son tan fugaces ni tan inocentes como lo parecen”, apunta Guevara.
En este caso, las Ring Girls fueron vestidas para reforzar la narrativa de una “América grande y respetable”.
Sin embargo, la UFC no iba a dejar de mercantilizarlas por el solo hecho de cubrirlas. Muestra de ello es que los vestuarios —diseñados por Marina Toybina, ganadora de siete premios Emmy— fueron presentados en exclusiva por la revista MAXIM, publicación ampliamente señalada por promover estereotipos de género y la cosificación femenina. Su negocio simplemente se vistió con más tela y otros colores.
*Nayra Rivera: Veracruzana. Lectora desde los 3 años y escritora desde los 6. Estudié Comunicación y colaboré con organizaciones civiles dedicadas a la protección de derechos humanos. Fui editora y periodista en periódicos de circulación nacional y ahora soy narradora de causas sociales a través de las relaciones públicas.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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