Por Nelly Segura*
Querida Ángeles:
En estos tiempos hay demasiadas personas hablándonos de productividad, de éxito, de crecimiento, de inteligencia artificial, de inversiones y de futuro.
Por eso me sorprendió escucharte hablar de felicidad.
Pero más aún me sorprendió que, para hacerlo, hablaras de pueblos originarios.
No de manera folclórica. No como una curiosidad histórica. No como una postal turística. Hablaste de ellos como lo que son: una de las razones por las que México entiende la vida de una manera distinta.
Y eso, en un país que suele mirar sus raíces únicamente cuando necesita presumirlas, merece ser escuchado.
Mientras veía tu video pensé inevitablemente en tu abuelo, Manuel Gamio. Pensé en aquel hombre que dedicó buena parte de su vida a demostrar que México no podía construirse negando a los pueblos originarios, sino comprendiéndose a través de ellos.
Más de un siglo después, seguimos sin aprender del todo la lección.
Porque nos gusta decir que somos un país orgullosamente indígena.
Lo repetimos en los discursos oficiales.
Lo imprimimos en las campañas de turismo.
Lo convertimos en imagen de marca.
Lo mostramos al mundo durante el Mundial, confitado con papel picado y ajolotes.
Pero entre el orgullo y la justicia sigue existiendo una distancia dolorosa.
México se presenta ante el mundo como una nación indígena. Y, en efecto, lo es. Más de 23 millones de personas se reconocen como indígenas y más de 7 millones hablan una lengua originaria. Uno de cada cinco mexicanos pertenece a ese universo cultural que tanto celebramos. Sin embargo, también es ahí donde se concentran algunos de los mayores índices de pobreza, desigualdad y exclusión del país.
Desde hace años he escrito que México no puede entenderse únicamente desde los centros financieros ni desde los escritorios donde se diseñan políticas públicas. México se entiende caminando. Escuchando. Dejando que los pueblos hablen antes que nosotros.
Por eso agradezco que una plataforma con el alcance de BBVA haya decidido abrir espacio para una conversación que normalmente queda relegada a los márgenes. Hablar de los pueblos originarios no como una postal turística, sino como la raíz viva de nuestra manera de entender el mundo, significa reconocer que la modernidad no tiene por qué construirse sobre el olvido.
Sin embargo, también quisiera decir algo más.
Me preocupa que muchas veces admiremos nuestras tradiciones mientras permitimos que desaparezcan quienes las sostienen.
Celebramos los bordados, pero olvidamos a las bordadoras.
Aplaudimos la gastronomía, pero ignoramos al campo.
Fotografiamos las ceremonias, pero seguimos discriminando a quienes hablan una lengua indígena.
Nos emocionan las danzas ancestrales, pero no siempre defendemos los territorios donde nacieron.
Más del 60 por ciento de la población indígena vive en condiciones de pobreza. No porque la pobreza forme parte de su identidad, sino porque durante generaciones el Estado ha normalizado que los derechos lleguen más tarde, o simplemente no lleguen, cuando se trata de pueblos originarios.
Las mujeres indígenas continúan enfrentando algunas de las mayores condiciones de pobreza, discriminación y desigualdad del país. Son ellas quienes sostienen las lenguas, la memoria, la alimentación, las semillas, la medicina tradicional y buena parte de la vida comunitaria. México descansa sobre sus hombros mucho más de lo que está dispuesto a admitir.
También desaparecen los territorios.
Y con ellos desaparecen formas enteras de entender el mundo.
Lo vimos en la bahía de Ohuira, en Sinaloa. Para el pueblo yoreme, la discusión sobre la instalación de una planta de amoniaco nunca ha sido solamente un debate ambiental o económico. La bahía forma parte de su cosmovisión, de sus lugares sagrados, de la memoria donde habitan sus ancestros y de una relación espiritual con la naturaleza que difícilmente cabe en un estudio de impacto ambiental. Cuando un pueblo tiene que explicar por qué un sitio sagrado merece seguir existiendo, algo profundamente injusto ya ocurrió.
Miles de familias indígenas también han sido desplazadas por la violencia en distintas regiones del país. No sólo pierden una casa. Pierden el monte donde aprendieron a sembrar, el río que les dio nombre, el lugar donde descansan sus muertos. El desplazamiento también es una forma de arrancarle la memoria a un pueblo.
Mientras tanto, las ciudades avanzan sobre comunidades enteras. Las inmobiliarias reducen pueblos a oportunidades de negocio. Las consultas, demasiadas veces, parecen escuchar después de haber decidido. Y ahora incluso en la Ciudad de México discutimos mecanismos para registrar pueblos originarios, como si siglos de existencia necesitaran una constancia para ser reconocidos.
También he escrito sobre los peregrinos.
Sobre cómo una parte del país celebra las tradiciones mientras desprecia a quienes las viven.
Sobre cómo caminar por fe puede convertir a una persona en motivo de burla.
Sobre cómo incluso hubo quienes arrojaron heces contra peregrinos guadalupanos, como si humillar la devoción ajena fuera una demostración de superioridad.
Y ahí entendí algo: en México nos gusta admirar las tradiciones siempre y cuando no nos incomoden.
Nos gustan los pueblos originarios cuando aparecen bordados en una blusa, cuando decoran una campaña turística o cuando acompañan un discurso presidencial.
Pero dejan de parecernos indispensables cuando exigen agua, territorio, seguridad, escuelas, hospitales o el derecho elemental a decidir sobre el lugar donde han vivido durante siglos.
La felicidad de México no puede convertirse en un producto cultural si antes no se convierte en un compromiso colectivo.
No basta con conmovernos.
Hay que corresponder.
Tu abuelo entendió hace más de un siglo que los pueblos originarios no eran una reliquia del pasado, sino la posibilidad de construir un país más justo desde su diversidad. Esa convicción sigue siendo profundamente vigente.
Tal vez por eso tu mensaje llega y me llega en un momento necesario. Y justo al corazón.
Porque vivimos una época que nos empuja a correr sin saber hacia dónde.
Porque confundimos progreso con prisa.
Porque creemos que innovar significa romper con todo lo anterior.
Y no.
Hay pueblos que llevan siglos enseñándonos otra forma de prosperar: una donde la riqueza también se mide en tiempo compartido, en palabra dada, en comunidad, en identidad y en memoria.
Quizá el verdadero atraso no sea mirar hacia las raíces.
Quizá el atraso consista en seguir creyendo que el desarrollo sólo puede construirse sobre aquello que primero decidimos olvidar.
Gracias, Ángeles, por hablar de felicidad cuando casi todos hablan de éxito.
Gracias por recordar que las raíces no son un obstáculo para el futuro.
El problema es que México todavía no decide si quiere honrarlas o únicamente exhibirlas.
Con respeto y esperanza,
Nelly Segura, periodista y escritora.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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