Por Nelly Segura*
Conozco a una mujer que puso en pausa su carrera durante cinco años.
Nunca dejó de trabajar del todo. Hacía home office, seguía aportando dinero a su casa y, al mismo tiempo, cuidaba a su hijo. Pero para los demás ella simplemente “estaba en casa”.
Su trabajo profesional valía menos porque ocurría frente a una computadora en la sala. Su trabajo de cuidados ni siquiera tenía nombre.
Su esposo pagaba comida y gastos básicos. Pero ella, aun trabajando y aportando, no tenía dinero propio para sus cosas.