Por Pamela Cerdeira
En México desconfiamos de casi todo. De quien nos llama por teléfono para ofrecernos un servicio (esta semana le pregunté a la persona del teléfono si era una IA, respondió con una carcajada), del mecánico que nos dice que hay que cambiar una pieza que ni siquiera sabíamos que existía, y de quien quiere vendernos algo. La desconfianza tiene sus razones en la experiencia. Pero la desconfianza también tiene un costo económico. ¿Cuántas operaciones no se realizan porque alguna de las partes tiene miedo de que la engañen? ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar para tener la certeza de que lo que compramos es realmente lo que nos están vendiendo? Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando alguien descubre que resolver esa desconfianza puede convertirse en una oportunidad de negocio?
El mercado de los automóviles usados es el mejor ejemplo. Comprar un coche de segunda mano implicaba encontrar a alguien que lo vendiera, revisar que los documentos estuvieran en orden, conseguir un mecánico que pudiera decirnos si estaba en buenas condiciones y confiar en que no apareciera después algún problema que el vendedor convenientemente había olvidado mencionar y persignarse para no terminar sin dinero y sin coche.. Para quien vendía tampoco era sencillo: recibir llamadas de desconocidos, mostrar el automóvil, negociar el precio y asegurarse de que el pago fuera legítimo. Todo esto en un mercado enorme. De acuerdo con un estudio de The Competitive Intelligence Unit (The CIU), en 2016 se realizaron 2.8 millones de operaciones de compraventa de vehículos usados en México. Para el cierre de 2026 se estima que serán 4.67 millones, un crecimiento de 66.8% en una década. (Un poco de contexto, según el INEGI, en 2016 se vendieron 1,607,165 automóviles nuevos en México. En 2025 se comercializaron 1,524,583, una disminución del 5.1%.) Por cada automóvil nuevo que se vende en el país, se realizan más de tres operaciones con vehículos usados. Es decir, millones de personas participan cada año en un mercado en el que durante mucho tiempo buena parte de las transacciones dependieron de la confianza entre desconocidos.