Por Pamela Cerdeira
Uno encuentra lecciones de vida en las acciones más cotidianas; en esta ocasión, la que aprendí en casa bien podría servirle a la administración pública.
El jueves pasado, una noticia acapara todas las sobremesas: la Secretaría de Educación Pública anunciaba la modificación del calendario escolar. De un plumazo y culpando al calor y el Mundial, le quitaban a los estudiantes más de un mes de clases. Tres meses de vacaciones para que se vayan a convivir con su familia. Las críticas no se hicieron esperar: cómo es que se les ocurre hacer el cambio ahorita, por qué no pensaron en la opinión de dos entes que tienen el año planeado desde el 2025, la carga de cuidados que recae principalmente en las mujeres, donde muchas tienen que decidir entre cuidar a sus hijos o poder trabajar fuera de casa. Fue todavía más sorprendente la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum el viernes. Visiblemente molesta, alimentaba las apuestas: ¿no sabía? “No es un calendario definitivo”, dijo, mientras la SEP ya había publicado el calendario en sus redes sociales. “Es solo una sugerencia”, trató de calmar a todos. Para el lunes, la respuesta de la presidenta era más desconcertante: acusó una campaña contra Mario Delgado. “No fue una decisión que tomó él solo, fue un consenso”, señaló. Pero el video que la SEP publicó el jueves para dar el anuncio bien retrata el rostro de desconcierto de los secretarios estatales: estaban incómodos.
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