Por Pamela Sandoval

La inteligencia artificial no vino a pedir permiso. Vino a raspar archivos, reciclar voces, multiplicar  imágenes, imitar interpretaciones y convertir el trabajo creativo en materia prima. Por eso la reciente  reforma en materia de derechos de autor y trabajo no debe leerse como un ataque a la tecnología, sino  como una advertencia jurídica bastante elemental: usar una voz, una imagen o una interpretación no es  lo mismo que apropiarse de ellas para siempre. 

El punto central está en los derechos conexos de las personas artistas intérpretes o ejecutantes. Es  decir, esos derechos que protegen no a quien escribió una obra, sino a quien la interpreta, la ejecuta, la  encarna, la canta, la dobla, la narra, la actúa o la vuelve reconocible frente al público. Durante años,  esos derechos fueron tratados por buena parte de la industria como si fueran un estorbo negociable: una  cláusula de cesión por aquí, una autorización de imagen por allá, un “uso en medios presentes y futuros”  escondido en letra chiquita, y listo. El talento cobraba una vez; la marca, la agencia o la productora  explotaban muchas.

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