Por Paz Austin
Durante las últimas semanas he leído con entusiasmo múltiples publicaciones celebrando la modernización del Acuerdo Global entre México y la Unión Europea, mismo que fue aprobado el pasado 8 de julio por el Parlamento Europeo.
En resumidas cuentas, el discurso predominante es: menos aranceles significan más comercio, más oportunidades y un futuro prometedor para todos. ¡Salud!
Después de dedicar buena parte de mi vida profesional al desarrollo de la industria vitivinícola mexicana —incluyendo el honor de dirigir el Consejo Mexicano Vitivinícola— no puedo evitar mirar este acuerdo con una mezcla de esperanza y preocupación.
No porque crea que México deba cerrarse al mundo. Todo lo contrario. Nuestro vino necesita competir, dialogar y conquistar mercados internacionales. Pero competir exige condiciones mínimas de equilibrio, y hoy esas condiciones simplemente no existen. La conversación pública se ha centrado en los beneficios del libre comercio, pero muy poco se ha hablado de las profundas asimetrías que existen entre la industria vitivinícola europea y la mexicana.
Europa no solo produce mucho más vino que México. Europa ha decidido, desde hace décadas, que el vino es un activo estratégico de su economía, de su cultura y de su política exterior. Mientras los productores mexicanos enfrentan altos costos de producción, escasez de agua, financiamiento limitado y prácticamente nulos programas públicos de promoción, los vinos europeos llegan respaldados por una compleja política agrícola común que financia innovación, reconversión de viñedos, promoción internacional y posicionamiento de sus regiones en mercados como el nuestro. No compiten únicamente bodegas contra bodegas. Compiten políticas públicas contra esfuerzos individuales. Y esa diferencia importa mucho.
Celebrar la eliminación de aranceles sin reconocer esa realidad es, cuando menos, una visión incompleta del problema. Porque la pregunta no es si el vino europeo llegará con mayor facilidad a México; eso es un hecho. La verdadera pregunta es si el vino mexicano contará con las herramientas necesarias para sostener su crecimiento frente a una competencia que dispone de recursos públicos, décadas de posicionamiento internacional y economías de escala imposibles de igualar en el corto plazo.
El vino mexicano ha logrado un desarrollo extraordinario durante las últimas dos décadas. Lo hizo gracias al trabajo de productores visionarios, enólogos, agrónomos, sommeliers, restauranteros y consumidores que decidieron creer en una industria que prácticamente tuvo que construirse desde cero. Sería un error asumir que ese crecimiento ya está garantizado. Porque no lo está.
Hoy más que nunca necesitamos una política nacional para el vino mexicano.
Necesitamos programas permanentes de promoción.
Necesitamos fortalecer nuestra identidad vinícola.
Necesitamos impulsar la investigación, la innovación y la tecnificación del campo.
Necesitamos acompañar a las bodegas en su internacionalización.
Necesitamos entender que el vino no es únicamente una bebida.
Es agricultura.
Es turismo.
Es gastronomía.
Es cultura.
Es desarrollo rural.
Es identidad.
Y también es diplomacia.
México no puede conformarse con ser un excelente mercado para los vinos del mundo.
También debe aspirar a convertirse en una potencia reconocida por sus propios vinos.
Si México decidió abrir su mercado, también debe comprometerse a fortalecer a quienes producen vino en nuestro territorio. Requerimos visión de Estado, porque la soberanía vitivinícola no consiste en cerrar nuestras fronteras. Consiste en garantizar que las futuras generaciones de productores mexicanos puedan seguir cultivando sus viñedos, generando empleo, construyendo regiones vitivinícolas y llevando el nombre de México al mundo a través de sus vinos.
Soberanía al vino mexicano, porque un país que no protege aquello que le da identidad, tarde o temprano termina importándola.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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