Por Priscilla de Anda*
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Ser madre en México sigue siendo, en gran medida, un acto en solitario. No porque las madres quieran hacerlo así, sino porque así lo hemos construido como sociedad.

Durante años hemos hablado de la maternidad como una experiencia personal, centrada en decisiones, estilos de crianza y elecciones individuales. Pero hay algo que rara vez decimos con suficiente claridad: las condiciones en las que maternan millones de mujeres no son una elección. Son resultado de cómo hemos organizado, o dejado de organizar, el cuidado.

Hoy, el discurso de la “nueva maternidad” está lleno de expectativas: estar presentes, criar con apego, estimular el desarrollo, acompañar emocionalmente, en gran parte porque sabemos —y la evidencia lo confirma— que los primeros años de vida son determinantes.

Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces hacemos: ¿quién hace posible esa maternidad? En México, la respuesta sigue siendo la misma: las mujeres. Ellas sostienen la mayor parte del cuidado, dedicando, en promedio, tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados, y en la gran mayoría de los hogares son quienes se hacen cargo de niñas y niños pequeños.

Esto no es solo una desigualdad de género. Es una condición que impacta directamente en el desarrollo. Porque cuando el cuidado depende casi por completo de una persona, sin tiempo suficiente, sin redes de apoyo sólidas y sin servicios accesibles, no solo se limita su bienestar, también se condiciona la calidad del vínculo que puede ofrecer. Y ese vínculo es el punto de partida de todo.

Desde la primera infancia, el desarrollo físico, emocional y cognitivo se construye en la interacción cotidiana con quienes cuidan. Pero esa interacción no ocurre en el vacío: depende de condiciones concretas. Sin tiempo, energía y acompañamiento, el ideal de una maternidad presente y consciente se vuelve difícil de sostener.

Y, sin embargo, seguimos hablando de maternidad como si todas partieran del mismo lugar. No es así.

En las comunidades vulnerables con las que trabajamos en Un Kilo de Ayuda, muchas madres crían prácticamente solas, en medio de jornadas extensas, parejas ausentes —ya sea por migración o por roles tradicionales— y con un acceso muy limitado a servicios de salud, educación y cuidado.

Lo que vemos no es falta de interés ni de capacidad; es falta de condiciones del entorno. Y como madre lo entiendo también en lo cotidiano: incluso con información, redes y privilegios, maternar implica una exigencia constante.

Por eso, la conversación sobre la nueva maternidad no puede quedarse en lo individual. No se trata de pedirles más a las madres, sino de preguntarnos por qué seguimos dejando el cuidado y, con ello, el desarrollo infantil, casi exclusivamente en manos de ellas.

El cuidado no es un asunto privado. Es una responsabilidad social que exige sistemas accesibles, licencias parentales equitativas, entornos laborales compatibles con la crianza y, sobre todo, una redistribución real del tiempo y las responsabilidades dentro de los hogares, con una paternidad activa.

Porque mientras la maternidad siga dependiendo del sacrificio individual, seguiremos reproduciendo desigualdad. Y también estaremos comprometiendo el desarrollo de niñas y niños.

En este Día de las Madres, quizá vale la pena mover la conversación: de admirar la capacidad de las madres para sostenerlo todo, a preguntarnos por qué seguimos esperando que lo sostengan solas.

*Directora General de Un Kilo de Ayuda


Fuentes:


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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