Por Rosa Covarrubias

Por si no hubieran bastado los escándalos protagonizados por la FIFA durante la Copa del Mundo celebrada en México, Estados Unidos y Canadá —quizá el más grave de ellos, la decisión de no mantener la suspensión de Folarin Balogun tras la tarjeta roja que recibió ante Bosnia y Herzegovina y permitirle jugar el siguiente partido frente a Bélgica, ambos integrantes de la UEFA—, la última semana el organismo rector del futbol mundial volvió a colocarse en el ojo del huracán.

La decisión, por sí sola, atentó contra los principios de igualdad y justicia deportiva que deben regir cualquier competencia. Peor aún fue enterarnos de que la llamada para revertir el castigo habría venido directamente del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para beneficiar a uno de los futbolistas de su selección.

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