Por Sandra Romandía
Hay encuentros en los que una entiende que ciertas conversaciones ya no pueden seguir posponiéndose.
Esta semana, en las instalaciones de El Universal, ocurrió una de esas raras escenas que el periodismo mexicano debería aprender a valorar más; alrededor de una mesa estaban Juan Francisco Ealy Ortiz, con 56 años al frente de uno de los periódicos más antiguos del país, acompañado de periodistas de larga trayectoria y peso propio en la conversación pública nacional como Pamela Cerdeira, Adela Navarro, Ivabelle Arroyo, Areli Paz, Ana Paula Ordorica, Elisa Alanís, Laura Manzo y yo; también estaban su hija Perla Ealy y Perla Díaz de Ealy.

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En tiempos donde los medios parecen archipiélagos sitiados por algoritmos, intereses políticos y fatiga financiera, la escena tenía algo casi anacrónico; periodistas hablando de periodismo, sin estridencia digital, sin métricas en tiempo real, sin trending topics de por medio, sólo la vieja obsesión de intentar entender lo importante del oficio de ayer, de hoy y de siempre.
Y quizá la frase más importante de la noche la dijo el propio Ealy. Habló de la necesidad de que un día los medios se unan verdaderamente; dijo que probablemente a él ya no le tocaría verlo, quizá a sus nietos. Nosotras le respondimos algo que acaso hace algunos años habría sonado ingenuo, pero hoy empieza a parecer posible: quizá sí podamos verlo, porque incluso entre medios y periodistas que piensan distinto empieza a existir una comprensión más madura de algo fundamental; competir no necesariamente implica destruir.
Quizá por eso escuchar a Juan Francisco Ealy hablar sobre unidad tenía un peso distinto; no hablaba solamente el empresario que ha sobrevivido más de medio siglo en una industria que ha enterrado periódicos, generaciones y modelos completos de negocio, hablaba alguien que ha visto desfilar presidentes, crisis económicas, presiones políticas, amenazas al periodismo y transformaciones tecnológicas sin abandonar del todo una idea antigua, pero indispensable: que un medio puede competir todos los días sin dejar de entender que la libertad de prensa es un territorio que se defiende en colectivo.
La conversación apareció en un momento particularmente delicado para la prensa mexicana.
En los últimos meses, Claudia Sheinbaum ha insistido en fortalecer mecanismos relacionados con los llamados “derechos de las audiencias”, dentro de reformas en telecomunicaciones y regulación digital; aunque el gobierno sostiene que no se trata de censura, diversos especialistas y sectores de medios han advertido que algunos planteamientos podrían abrir espacios ambiguos de control o presión sobre contenidos periodísticos.
La tensión escaló esta semana después de que la propia presidenta llamara públicamente a no consumir contenidos de TV Azteca tras cuestionamientos de la televisora a su gobierno; la empresa respondió acusando un intento de censura y una posible vulneración al artículo 6 constitucional, que protege la libertad de expresión y el derecho a la información. Más allá de simpatías, filias o diferencias editoriales, el episodio volvió a exhibir algo inquietante: la facilidad con la que el debate público mexicano empieza a normalizar que desde el poder se señale, desacredite o invite a castigar mediáticamente a un medio de comunicación.
Y ahí aparece uno de los grandes problemas históricos del periodismo mexicano; solemos reaccionar tarde, fragmentados y desde trincheras ideológicas, como si la libertad de expresión sólo mereciera defensa cuando protege a los nuestros.
Hace apenas unas semanas, durante un recorrido por Alemania, Lituania y España sobre desinformación y medios con la Fundación Naumann, encontré un ejemplo que no he podido quitarme de la cabeza: el Consejo Alemán de la Prensa. Un organismo de autorregulación construido por los propios medios y periodistas alemanes para defender estándares éticos, pero también para proteger colectivamente la credibilidad y la libertad de prensa frente a presiones externas. No es un modelo perfecto, ningún modelo lo es, pero sí parte de una premisa inteligente: entender que la prensa puede competir ferozmente en contenidos y, aun así, defenderse unida cuando lo que está en riesgo es algo más profundo que una exclusiva.
Porque quizá el problema más serio para los medios de esta época ya no es solamente económico, es existencial.
Los medios llevan años actuando como comerciantes medievales peleando por pequeñas parcelas mientras alrededor se incendia la ciudad entera.
En esa comida en El Universal, Adela Navarro recordó una anécdota que retrata mejor que cualquier teoría esa necesidad de solidaridad entre periodistas. Cuando en 1997 Jesús Blancornelas, entonces director del semanario Zeta, sufrió un atentado y la publicación vivía uno de sus momentos más delicados, Ealy, entonces presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), decidió que una reunión de la organización se realizara en Tijuana, como una forma de acompañamiento, respaldo y protección política.
Hay gestos que parecen simbólicos hasta que uno entiende que los símbolos también blindan.
George Orwell escribió alguna vez que “la libertad de prensa, si significa algo, significa el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”. Pero en 2026 habría que agregar algo más: la libertad de prensa también significa la capacidad de que los periodistas no se queden solos cuando hacerlo resulta incómodo, costoso o peligroso.
Quizá por eso esta conversación en El Universal tuvo algo más importante que nostalgia. No era un grupo de periodistas hablando del pasado; era una discusión sobre si todavía estamos a tiempo de entender que el verdadero adversario no es el medio de enfrente, sino la erosión colectiva de la credibilidad, el miedo y la fragmentación. Porque mientras otros poderes entienden cada vez mejor cómo operar coordinadamente, los medios siguen creyendo que sobrevivirán aislados.
Y ningún faro resiste demasiado tiempo cuando decide alumbrar completamente solo.

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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