Por Sofía Pérez Gasque Muslera
Durante décadas, pertenecer a la clase media mexicana representó una promesa. No necesariamente de riqueza, pero sí de estabilidad. Un empleo formal, acceso a educación, la posibilidad de adquirir una vivienda, servicios de salud razonables, capacidad de ahorro y la expectativa de que la siguiente generación viviría mejor que la anterior. La clase media se convirtió en el símbolo de movilidad social y en uno de los pilares sobre los cuales se construyó la narrativa del desarrollo económico moderno.
Sin embargo, algo está cambiando.
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