Por Sandra Romandía
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En México, la justicia suele tener extrañas velocidades; avanza con parsimonia cuando las víctimas buscan respuestas, pero puede adquirir una precisión creativa  cuando el objetivo es proteger piezas clave del sistema político.

Y quizá por eso, en medio del terremoto que vive el círculo cercano de Rubén Rocha Moya, comienza a tomar fuerza una hipótesis que hace apenas semanas habría parecido descabellada: que el gobierno mexicano y la Fiscalía General de la República podrían optar por procesar aquí al gobernador sinaloense para evitar su eventual extradición a Estados Unidos.

No para castigarlo más rápido; paradójicamente, para impedir que Washington lo tenga.

El contexto ya no es menor. Dos exfuncionarios cercanos a Rocha Moya fueron detenidos o quedaron bajo control de autoridades estadounidenses; las cuentas del gobernador, de sus hijos y de operadores políticos fueron congeladas; el cerco financiero y judicial se estrecha, mientras en Washington comienzan a hablar del caso como una pieza estratégica dentro de las investigaciones sobre redes de protección política y criminal en México.

Pero detrás del ruido público empieza a moverse otra conversación, mucho más delicada, en oficinas jurídicas y diplomáticas.

Fuentes cercanas a áreas federales de seguridad y procuración de justicia me explican que existe un mecanismo previsto en el Tratado de Extradición entre México y Estados Unidos que podría convertirse en la salida política perfecta: iniciar un proceso penal formal en México por delitos equivalentes a los que investigan autoridades estadounidenses.

La clave está en el Artículo 8 del tratado.

Ese apartado establece que la extradición “podrá ser negada” si la persona requerida “está siendo procesada” por el mismo delito en el país requerido. No basta una carpeta de investigación abierta; jurídicamente tendría que existir ya una vinculación a proceso ante un juez mexicano.

Es decir: si la FGR decidiera judicializar una causa contra Rocha Moya por delincuencia organizada, lavado de dinero o delitos relacionados, México podría argumentar que el gobernador ya está siendo sometido a la justicia nacional y, por tanto, no tendría obligación inmediata de entregarlo a Estados Unidos.

La maniobra tendría antecedentes incómodos.

Muchos recuerdan el caso del general Salvador Cienfuegos, cuando el gobierno mexicano logró el retiro de cargos en Estados Unidos bajo el argumento de que sería investigado en México; una investigación que terminó diluyéndose como tinta en agua. El mensaje diplomático de aquel episodio sigue vivo: mejor un expediente controlado en casa que un juicio impredecible del otro lado de la frontera.

Y ahí aparece la verdadera dimensión política del caso Rocha Moya. Porque detenerlo en México podría servir simultáneamente para dos objetivos: enviar la señal pública de que “sí se actúa” contra figuras cercanas al poder y, al mismo tiempo, impedir que un eventual proceso estadounidense abra rutas de información, testimonios, colaboraciones o acuerdos judiciales capaces de incomodar a actores mucho más grandes que el propio gobernador de Sinaloa.

Washington no suele conformarse con nombres pequeños cuando empieza a congelar cuentas, detener operadores financieros y capturar piezas del aparato político.

Lo que hoy observamos ya no parece un simple expediente local sobre corrupción o vínculos criminales; parece el inicio de una disputa silenciosa entre dos formas de entender el poder: la lógica mexicana de control político interno y la lógica estadounidense de judicialización expansiva.

Por eso el caso dejó de tratarse solamente de Rocha Moya. La verdadera incógnita es si México terminará utilizando su propia justicia como muro de contención diplomático; una celda mexicana no necesariamente para castigar a Rocha Moya, sino para impedir que un tribunal estadounidense abra una caja negra política cuyos alcances hoy nadie parece dispuesto a calcular.

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@Sandra_Romandia

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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