Por Sofía Guadarrama Collado
Desde hace siglos nos enseñaron a mirar la Conquista como quien contempla una fotografía familiar: con resignación, con ternura obligatoria, con esa culpa heredada que convierte la herida en agradecimiento. Un acuerdo tácito y perverso en la narrativa hispanista. Nos dicen que porque hablamos español o porque admiramos una iglesia barroca, debemos aceptar retrospectivamente el crimen que hizo posible esa belleza. O peor aún, que deberíamos estar agradecidos de que los españoles mintieron, despojaron, mataron, violaron mujeres, oprimieron a pueblos enteros y los esclavizaron bajo la farsa de la «encomienda». Para ellos, admirar una catedral implica absolver el látigo que levantó sus muros.
Es una trampa retórica, una imposición ideológica. Ahí reside la astucia más perfecta del poder: lograr que el vencido termine habitando la casa mental del vencedor. Que rece con su fe, que piense con su lengua, que ordene el mundo con las leyes que lo aplastaron. La dominación verdadera no necesita soldados; le basta con instalarse en la conciencia.
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