Por Sara Reynoso
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/523.632

Todo el mundo habla de la dicha de ser madre, del regalo divino que son los hijos, de la maravillosa magia del cuerpo humano para dar vida, pero nadie nos menciona lo dolorosa que puede llegar a ser la maternidad. Y no estoy hablando del dolor físico que implica el parto o la cesárea, tampoco del dolor tremendo de intentar ser mamá y no lograrlo. No, señor. En esta ocasión me refiero a ese dolor del que nadie habla, y menos en el glorioso Día de las Madres.

Ese dolor silencioso te atraviesa el alma cuando tus hijos no te aceptan o cuando tú no aceptas a tu propia madre; sí, esa, la que nos tocó.

Y ahí entra la voz dolosa y agresiva que alguna vez hemos escuchado: “Esta es la madre que te tocó, acéptalo”. Pero más allá de esa verdad absoluta, hay un profundo dolor que viene arrastrándose de generaciones atrás. Generaciones en las que niñas de 12 o 16 años eran entregadas al matrimonio y tenían que convertirse en madres por consecuencia de vida, sin siquiera estar listas físicamente, sin mencionar emocionalmente.

Y como tantos patrones colectivos de la sociedad, venimos arrastrando una maternidad amarga, distante o, en el mejor de los casos, sacrificada y abnegada; misma que hasta hace unos años era alabada y premiada. “La madre que sacrificaba todo por su casa y por sus hijos era una santa”. Sí, esa madre que servía, guisaba, cuidaba y sostenía, pero que, en ambos casos, dejaba de verse a sí misma, dejaba de ser mujer para convertirse únicamente en madre.

Hoy nosotras luchamos con uñas y dientes por ser buenas madres, pero sin perder nuestra identidad. Como terapeuta y como madre les digo: la mayoría nos perdemos en el camino. O nos convertimos en brujas que maltratan psicológicamente a los hijos, o nos sentimos culpables porque algo no encaja al cien y, al no poder conectar, nos sentimos malas madres; o nos entregamos al trabajo de consentir, sobreproteger y echar a perder a nuestros bebés por darles tanto.

La maternidad es la única profesión destinada a fallar, verdad absoluta que escuché de Rebeca Campbell.

Personalmente, llevo una vida tratando de hacerlo distinto a mi mamá por las heridas que ella infringió en mí y, ¿qué creen?, también fallé. Distinto, pero fallé. Y seguro también te pasó a ti si eres mamá y estás leyendo esto. Quizás lo haremos distinto, pero igual fallaremos.

Lo primero que hará tu hijo o hija al entrar a terapia será decir: “¡Es que mi mamá!”. Te apuntarán y te juzgarán por lo que creen que ellos podrán hacer mejor cuando sean padres. La realidad absoluta es que todos, de alguna forma, estamos rotos, y hasta que no sanemos las heridas y veamos con compasión a todas las mujeres que estuvieron antes de nosotros, la historia se seguirá repitiendo.

No se trata de ser madres espectaculares, se trata de amarnos para poder amar. Pero ¿quién se detuvo a decirnos: “Cuídate, ve por ti, ponte como prioridad”? Porque eso te va a dar las bases y las raíces para poder sostener a otros cuando lleguen a tu vida: tus hijos, nuestras raíces.

No, señoras y señores, nos educaron diciéndonos: “No seas egoísta, ve por los demás, sé amable, ayuda, sirve, sé buena, saca puro diez, estudia una carrera y, ah, muy importante: cásate bien”. Eso era la “perfección”.

¿Cuántas fallamos a la fórmula de perfección de antes?

Hoy las mujeres ya no nos conformamos con lo que nos toca. Hoy las mujeres vamos por más y, como consecuencia, tenemos hijos que tampoco se conforman y quieren más. No estoy hablando de lo económico, aunque también, y esa es otra historia; estoy hablando de libertad, de independencia, de amor, de aceptación, de sentirnos amados y aceptados.

Como terapeuta puedo definir que todos los seres humanos —todos— no buscamos más dinero ni poder, sino amor y aceptación. ¿Por qué? Porque, en teoría básica, desde el origen de la vida, lo que nuestra madre nos debía procurar era aceptación y amor. Y muchas, muchísimas de nosotras, estábamos rotas por dentro y, aunque hicimos nuestro mejor esfuerzo, la fórmula falló.

Ese dolor es del que nadie habla: el juicio silencioso, la distancia que se convierte en cercanía forzada porque “tengo que ver a mi mamá, tengo que comprarle algo el 10 de mayo”, pero en el fondo juzgo y critico todo en ella. ¡Puff! Qué fuerte para madres e hijos. Qué fuerte para las madres sentirnos rechazadas y qué fuerte para los hijos tener que forzar un amor, una presencia o un regalo.

Y esto se repite de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Así como nosotros juzgamos a nuestros padres, nuestros hijos nos juzgarán a nosotros.

¿La solución es posible? Sí, y más en estos tiempos. Pero no se trata de esperar hacia afuera, esperar que nuestros hijos cambien o que nuestra mamá cambie. Se trata de aceptar lo que es, como es. Nosotros lo elegimos como almas antes de nacer. Tan pronto como hagamos las paces con eso, todo será más fácil.

Después, date a la tarea de sanar tus heridas y perdonar. Ahí los hijos la tienen más compleja. De niños podemos modificar patrones, tomar terapia o sanación energética. Pero de adultos es necesario soltar a los hijos en algún punto, confiar en ellos y en Dios, bendecirlos cada día y confiar en que llevarán a cabo sus procesos de la mejor forma.

A quien tenga heridas que su mamá le haya infringido, hoy le digo: sana, hazte cargo de tus heridas. Nadie va a bajar del cielo a ayudarte y tu mamá lo ve desde otro filtro. Perdona, sé compasivo, trata de enfocarte en algo bueno que sí te dio: un atributo, una enseñanza, un viaje, un regalo o un cariño que sí te dio en el momento en que lo necesitabas. Y todo lo demás, sánalo, suéltalo. No lo puedes cambiar y solo te estás amargando la vida.

Sanar y soltar es el mejor regalo que le podrás dar a tus hijos para no seguir repitiendo patrones y romper ciclos kármicos.

Y si eres mamá y te sientes sola y no vista, toma las riendas de tu vida. Que nuestra felicidad no dependa de los hijos o la pareja. Que cada día te despiertes con la ilusión de vivir una vida plena, en un lugar distinto, haciendo algo que te guste y te haga feliz, buscando actividades nuevas. Porque esperar y guardar rencores solo genera más dolor.

Si un día eligen voltear a verte y agradecerte, maravilloso. He de decirte que quizás lo hagan cuando ya no estés en este plano… o quizás no. Quizás nunca lo hagan. Pero tu felicidad no puede depender de que tus hijos te quieran o te acepten. Por doloroso que sea, los hemos educado libres e independientes y el amor, desafortunadamente, es algo que no podemos forzar.

No de afuera hacia adentro, pero sí podemos trabajar en el amor propio para que la distancia o la indiferencia no duelan tanto. Confía en que, aunque tus hijos no vean lo que sí has hecho por ellos, llegará alguien en tu descendencia que algún día elija sanar el linaje y perdonar.

Pero eso, eso no depende de ti. Dale tiempo al tiempo y vida a la vida. Suelta lo que no depende de ti.

En lo personal, lo más doloroso que he vivido ha sido la expectativa de que mis hijos me validen o reconozcan, y creo que muchas madres lo padecemos en silencio porque vemos a la de enfrente, que es amada y venerada por sus hijos… o por lo menos eso aparentamos todas.

En fin, verdades que duelen, pero pasan. Y no podemos seguir señalando solo lo bueno de ser mamá y tener hijos que te amen, porque entonces nos sentimos solas, rotas, dañadas o defectuosas. Y eso es todavía más doloroso. ¿O no, mamás?

Que no se te vaya la vida esperando que tus hijos te quieran, te vean o te agradezcan. Vive lo que hoy tienes, vive lo que hoy eres. Aceptar lo que nos tocó es el primer paso de la liberación.

Esta es mi herida máxima, esa que me ha costado trabajar y sanar: perdonarme por los fallos, por las veces que no estuve, por las veces en las que ellos esperaban algo distinto; soltar y reconocer para mí que, aunque nadie lo reconozca, también hubo y hay aciertos.

La vida duele tanto como nosotros nos aferremos a lo que no podemos cambiar.

Si hoy tu corazón duele por la maternidad, te mando luz y te digo que la vida está llena de vida. Voltea hacia otro lado y sostén a tus hijos con amor, pero no en sumisión.

Y si eres afortunada en este rubro de la vida y hoy tienes la dicha de tener a tus hijos cerquita y en unidad, qué bendición. Abraza y agradece ese gran regalo, pero nunca, nunca te olvides de ti. Nunca.

Creo que lo que más duele no es la maternidad en sí, sino olvidarnos de nosotras mismas y castigarnos por los errores cometidos.

Amén.

Feliz 10 de mayo a todas las madres del mundo: a las que estuvieron y a las que no; las que amaron y las que no; las que abrazaron y las que no; las que se equivocaron y las que no. Todas somos valiosas. Todas.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.