Por Sharon Vanessa Juan Cabrera
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Cuando era niña recuerdo que en mi casa se hablaba de política todo el tiempo, sobre todo de aquellos partidos innombrables que aparecían en cada conversación cuando se acercaban las elecciones, mi mamá, mis tías y mi abuela salían a votar y yo siempre quería acompañarlas, recuerdo pensar que cuando creciera, también quería hacer “algo” por lo que me rodeaba y que la única forma de hacerlo era votando, sin más, creía que la política empezaba y terminaba ahí.

Y no solo eso, recuerdo otra cosa más: las protestas magisteriales y el movimiento social que marcaron a Oaxaca en 2006. Lo veía todo el tiempo en la televisión: las marchas, los bloqueos, los paros escolares y las conversaciones cargadas de enojo alrededor de las y los maestros. Ese era el discurso que más se repetía: que eran revoltosos, que no querían trabajar y que estaban afectando la vida cotidiana de la población. Como en ese entonces no existían las redes sociales como las conocemos hoy, era mucho más fácil que prevaleciera una sola narrativa: la de un gobierno que "ponía orden", pero no la de un sistema que reprimía. Yo era muy pequeña para comprender que aquellas personas estaban luchando por sus derechos laborales, por condiciones más dignas y, con el paso del tiempo, por demandas mucho más amplias relacionadas con la justicia y la democracia en Oaxaca.

Durante años pensé que la política solo ocurría en las urnas, en los partidos o en las protestas, no sabía que también estaba ocurriendo en mi propia vida.

Muchos años después y con mi trabajo de activista ya entonces en la agrupación Constituyentes, esta red enorme de más de 120 activistas de diferentes partes del país, entendí algo que me atravesó bastante: que mi experiencia también era política. Supe que muchas veces llegamos a estos espacios pensando “yo no sé de política”, cuando en realidad llevamos años viviéndola, ahora creo que la política aparece cuando una persona se atreve a hablar en círculo por primera vez o cuando cuenta su historia y cuando acompaña una causa, cuando organiza a sus vecinas para detener una decisión absurda de un gobierno local, cuando aprende a usar mecanismos de participación ciudadana o simplemente cuando entiende que lo que vive todos los días no es individual, sino colectivo. 

Hoy puedo decir que conozco esta red desde la raíz y creo profundamente que la democracia también se construye en Zooms un martes a las seis de la tarde, cuando una persona de Sonora escucha la experiencia de otra en Chiapas o cuando alguien de Quintana Roo descubre que el problema que enfrenta también ocurre en Oaxaca, también cuando compartimos herramientas para presentar una audiencia pública, impulsar una iniciativa ciudadana o defender un derecho. Se construye en esas conversaciones que, aunque ocurren detrás de una pantalla, terminan convirtiéndose en acciones concretas dentro de los territorios, justo ahí entendí que la democracia no empieza en las urnas: empieza mucho antes, cuando dejamos de sentir que estamos solas y comenzamos a organizarnos.

Y entonces empiezan a suceder cosas.

Como parte del equipo de la coordinación de la Red Constituyentes, me ha tocado ver de cerca cómo la democracia se construye todos los días desde lugares que pocas veces aparecen en las noticias, he visto a compañeras organizándose para defender sus territorios frente a al megaproyecto energético “Saguaro” que amenazan los ecosistemas y las formas de vida en Baja California Sur; a integrantes del capítulo de Jalisco impulsando mecanismos de participación ciudadana para mejorar las condiciones de vida de las personas con discapacidad; y, hace apenas unos días, al capítulo de Nuevo León salir a las calles para convocar a una audiencia pública con el objetivo de exigir mejoras al transporte público, mientras al mismo tiempo construyen una propuesta para una nueva Ley de Participación Ciudadana en el estado.

Eso también es hacer política. Quizá no siempre es llamativo, quizá no aparece en televisión ni forma parte de los discursos oficiales. A veces incluso es más lento, más caótico y mucho más cansado, pero también es profundamente humano, porque nace de personas que deciden organizarse para cuidar lo que consideran valioso y transformar, poco a poco, el lugar donde viven.

Hoy creo que la participación ciudadana no debería reducirse a votar cada tres o seis años. Participar también es organizarnos, escucharnos, acompañarnos y atrevernos a imaginar futuros distintos al que tenemos enfrente.

Porque si algo he aprendido en estos años es que las redes sí importan, que los espacios colectivos sí transforman y que, aunque a veces parezca pequeño, cada persona que decide involucrarse en su comunidad está cambiando algo.

La democracia no empieza en las urnas, empieza cuando alguien entiende que su vida también es política.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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