Por Soledad Durazo
Sergio Daniel soñaba con moverse en el ring como esos boxeadores que encabezan las carteleras estelares, las que detienen la programación de televisión y cierran la noche entre reflectores.
Por lo pronto, el 9 de mayo tendría una pelea frente a otro joven de su categoría. Pero la vida tenía otros planes. O más bien, el Estado le facilitó a la violencia imponerlos.
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