Por Sonia Serrano Íñiguez
En varias ocasiones vi llorar a Rossana Reguillo. Sus participaciones, preparadas con las palabras exactas, colocadas en el orden correcto, se interrumpían cuando el llanto no le permitía seguir. Porque eso la hacía diferente, en su trabajo académico siempre ponía el corazón. Hablaba de violencias y jóvenes con la responsabilidad de referirse a personas.
No fui su alumna ni trabajé con ella en algún proyecto, pero coincidimos en temas que sacuden a nuestro país. Eso sí, fui beneficiaria de su generosa solidaridad. Recibí sus mensajes de apoyo ante presiones y agresiones por mi trabajo, su respaldo para el medio en que trabajo ante acometidas de las autoridades por investigaciones publicadas. Me cocinó y me sirvió tequila con ese cariño con el que recibía en el hogar que ella y Jabaz convirtieron en un paraíso.
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