Por Sophia Huett
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Era 1942. En el frente oriental, las tropas alemanas llevaban meses enfrentando una guerra muy distinta a la que habían imaginado. Después de la invasión a la Unión Soviética, el conflicto se había convertido en una batalla de desgaste en la que cada pueblo, cada bosque y cada río se disputaban a un costo humano enorme.

Los soldados estaban acostumbrados a reconocer la llegada de un bombardeo por el sonido de los motores. Aquel rugido les daba unos segundos para correr hacia las trincheras o preparar la artillería antiaérea.

Pero algunas noches ocurría algo diferente.

El ruido desaparecía.

El cielo quedaba en silencio y solo se escuchaba el viento rozando las alas de una pequeña aeronave que descendía lentamente desde la oscuridad. El sonido era tenue, casi un susurro, parecido al roce de una escoba atravesando el aire. Cuando alguien alcanzaba a mirar hacia arriba, las bombas ya estaban cayendo sobre la posición y el avión volvía a perderse en la noche.

Los alemanes terminaron dándoles un nombre.

Las Brujas de la Noche.

Detrás de aquel apodo estaba el 588.º Regimiento de Bombardeo Nocturno de la Unión Soviética, integrado exclusivamente por mujeres: pilotos, navegantes, mecánicas y personal de apoyo. La mayoría tenía entre diecisiete y veintidós años. Eran estudiantes o jóvenes que habían aprendido a volar en aeroclubes civiles, donde la aviación era fomentada como parte de la preparación para la defensa nacional. Ninguna imaginaba que terminaría participando en una de las campañas aéreas más singulares de la Segunda Guerra Mundial.

La historia comenzó con Marina Raskova, la aviadora más famosa de la Unión Soviética. Había establecido récords de vuelo, aparecía en los periódicos y era una figura conocida en todo el país. Desde el inicio de la guerra comenzó a recibir cartas de mujeres que pedían incorporarse al combate. Raskova llevó personalmente esa petición ante Iósif Stalin y obtuvo autorización para formar tres unidades aéreas integradas exclusivamente por mujeres: un regimiento de cazas, uno de bombarderos pesados y el 588.º Regimiento de Bombardeo Nocturno.

No era una decisión nacida de un cambio cultural. Para entonces, la Unión Soviética había perdido cientos de miles de hombres y millones más combatían en el frente. Hacían falta pilotos. Aquellas jóvenes que durante años habían aprendido a volar dejaron de ser una posibilidad remota para convertirse en una necesidad militar.

El equipo que recibieron decía mucho sobre las expectativas que existían respecto de ellas.

Mientras otras unidades volaban aeronaves modernas, el 588.º fue equipado con Polikarpov Po-2, pequeños biplanos construidos de madera y lona, diseñados originalmente para entrenamiento y fumigación agrícola. Eran lentos, no tenían blindaje, carecían de radar, la radio fallaba con frecuencia y no contaban con armamento defensivo. Si un caza alemán lograba alcanzarlos, las posibilidades de sobrevivir eran mínimas.

Convirtieron esas desventajas en una táctica.

Volaban en grupos de tres. Dos aeronaves atraían los reflectores y el fuego de la artillería antiaérea. Mientras los alemanes concentraban su atención en ellas, la tercera se aproximaba al objetivo. Poco antes de llegar, apagaba el motor y planeaba en silencio hasta soltar las bombas. Después volvía a encenderlo y desaparecía nuevamente en la oscuridad.

Era un trabajo de una precisión extraordinaria y de un riesgo permanente.

Después de cada misión regresaban a la base, empujaban manualmente sus propios aviones sobre pistas congeladas, reparaban los daños, cargaban nuevamente las bombas y volvían a despegar. Dormían poco porque casi no había tiempo para hacerlo. Tampoco había suficiente personal para mantener las aeronaves, así que las mismas tripulaciones participaban en buena parte del trabajo de preparación entre un vuelo y otro.

Había noches en que una misma tripulación realizaba ocho, diez o más misiones.

Nadezhda Popova llegó a completar dieciocho vuelos de combate antes del amanecer. En una ocasión regresó con el fuselaje atravesado por decenas de impactos de bala. Años después recordaría que, al revisar el avión, descubrieron que varios proyectiles habían pasado a escasos centímetros de su cuerpo.

El regimiento permaneció bajo el mando de Yevdokia Bershanskaya durante toda la guerra. Mantener la disciplina, la coordinación y la capacidad operativa de una unidad que volaba todas las noches era, por sí mismo, una hazaña. Al terminar el conflicto, el 588.º había realizado cerca de 24 mil misiones de combate y se había convertido en una de las unidades más condecoradas de la Fuerza Aérea Soviética. Treinta y dos de sus integrantes murieron durante la guerra.

Con el paso del tiempo, las Brujas de la Noche dejaron de ser vistas por los alemanes como una curiosidad. Comenzaron a ser un enemigo respetado. Circuló incluso la versión de que derribar uno de aquellos pequeños aviones merecía un reconocimiento especial entre algunos pilotos alemanes. La historia probablemente fue engrandeciéndose con los años, pero refleja algo cierto: aquellas jóvenes habían conseguido que uno de los ejércitos más poderosos del mundo tomara en serio a una unidad que, al principio, pocos habrían considerado una amenaza.

Cuando la guerra terminó en 1945, también terminó la necesidad que las había llevado a los cielos. Algunas fueron condecoradas como Heroínas de la Unión Soviética. La mayoría regresó a la vida civil. Se convirtieron en maestras, ingenieras, empleadas, madres de familia. Durante años caminaron por las calles como cualquier otra persona. Pocos habrían imaginado que algunas de ellas habían pasado noches enteras apagando el motor de un avión para dejarse llevar únicamente por el viento mientras buscaban un objetivo enemigo.

Ganaron la guerra.

Después volvieron a una sociedad que esperaba de ellas una vida mucho más silenciosa que aquellas noches en las que el silencio mismo había sido su mejor arma.

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@SophiaHuett

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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