Por Sophia Huett

Pocas veces he pensado seriamente en renunciar a un trabajo. Ni la carga laboral, ni las jornadas interminables, ni la exclusión, ni situaciones que hoy podrían identificarse como violencia laboral me llevaron a pensarlo. Una de esas pocas ocasiones fue el día en que propuse incorporar cursos sobre crianza positiva, desarrollo humano y bienestar emocional para las y los policías.

No implicaba un solo peso adicional. Se impartirían con la misma infraestructura, los mismos horarios, los mismos espacios y recursos con los que ya se desarrollaban otros procesos de capacitación. La única diferencia era el público meta: policías.

La respuesta fue desalentadora.

En una mesa integrada casi exclusivamente por hombres, la principal objeción fue que aquello significaba “sacar personal de la operatividad”.

Recuerdo haber pensado, con una buena dosis de ironía, que seguramente esas horas de capacitación representarían veinte puestas a disposición menos, una caída en los patrullajes o una disminución importante en los resultados de la corporación.

Por supuesto que no.

Lo que sí podían representar era un mejor padre, una mejor madre, una persona con mayores herramientas para enfrentar el estrés, alguien capaz de identificar una crisis emocional propia o la de un compañero. La crianza positiva, además, no solo fortalece la vida familiar; también brinda herramientas para comprender mejor el desarrollo infantil y relacionarse con mayor sensibilidad y profesionalismo con niñas, niños y adolescentes durante el servicio.

Con el paso del tiempo ocurrió algo revelador. Al preguntar a las y los policías qué les habían dejado aquellas capacitaciones, las respuestas coincidían sorprendentemente: eran temas en los que nunca habían pensado. Muchos compartían que habían cambiado su manera de ejercer la paternidad o la maternidad, de relacionarse con su pareja, de comprender a sus hijos e, incluso, de desempeñar mejor su trabajo. Aquello que algunos consideraban una pérdida de tiempo terminó siendo, para muchos, una de las enseñanzas más valiosas de su carrera.

Esa experiencia volvió a mi memoria esta semana, cuando un policía del municipio de León decidió terminar con su vida. Es una noticia profundamente dolorosa que puso nuevamente sobre la mesa un tema del que casi nunca hablamos: la salud mental de quienes portan un uniforme.

Las y los policías viven expuestos a violencia, tragedias, amenazas, jornadas extenuantes y una presión constante. Sin embargo, seguimos construyendo instituciones donde hablar de bienestar emocional parece un lujo y donde acudir al psicólogo todavía puede interpretarse como una señal de debilidad.

Ese es el verdadero problema.

Durante años entendimos la profesionalización policial casi exclusivamente desde la óptica del equipamiento. Hablamos de patrullas, armamento, tecnología, cámaras, uniformes y capacitación táctica. Todo ello es indispensable. Pero pocas veces nos preguntamos quién cuida a quienes todos los días salen a cuidar de los demás.

Por eso cobran sentido proyectos como el Centro Integral de Atención Policial (CIAP). No porque sea un edificio más ni un programa adicional, sino porque parte de una convicción distinta: la seguridad también se construye fortaleciendo a la persona que porta el uniforme. La atención psicológica, médica, nutricional y jurídica, el trabajo social, el desarrollo humano y el acompañamiento familiar no son beneficios accesorios; son parte de una institución moderna, profesional y verdaderamente humana.

Aspiro a que llegue el día en que todas las corporaciones cuenten, de manera natural, con áreas integrales de desarrollo humano y bienestar policial. Que nadie tenga que justificar por qué un policía necesita apoyo psicológico, orientación familiar o herramientas para afrontar el estrés. Que estos espacios dejen de verse como un gasto y se entiendan, por fin, como una inversión.

Porque invertir en el bienestar de las y los policías no solo mejora su calidad de vida. También fortalece a sus familias, mejora la atención que brindan a la ciudadanía y hace más sólidas a las instituciones.

Después de todo, detrás de cada uniforme hay una persona.

Y cuidar a quien nos cuida también es una forma de proteger a toda la sociedad.

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@SophiaHuett

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