Por Sophia Huett
Era 1942. En el frente oriental, las tropas alemanas llevaban meses enfrentando una guerra muy distinta a la que habían imaginado. Después de la invasión a la Unión Soviética, el conflicto se había convertido en una batalla de desgaste en la que cada pueblo, cada bosque y cada río se disputaban a un costo humano enorme.
Los soldados estaban acostumbrados a reconocer la llegada de un bombardeo por el sonido de los motores. Aquel rugido les daba unos segundos para correr hacia las trincheras o preparar la artillería antiaérea.