Por Sophia Huett
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756 millones de mujeres y niñas viven a menos de 50 kilómetros de un conflicto armado. Sin embargo, cuando llega el momento de negociar la paz, apenas el 5% de quienes se sientan a la mesa son mujeres.

Vale la pena detenerse en esa contradicción. Las mujeres están presentes cuando caen las bombas, cuando las familias tienen que abandonar sus hogares, cuando desaparecen sus seres queridos y cuando la violencia cambia para siempre la vida de una comunidad. Pero cuando llega el momento de decidir cómo terminar con todo aquello, prácticamente desaparecen de la conversación.

No es una impresión. Son cifras de Naciones Unidas que deberían hacernos reflexionar sobre la manera en que intentamos construir la paz.

Según ONU Mujeres, en 2025 alrededor de 756 millones de mujeres y niñas vivían cerca de un conflicto armado. Y en 57 procesos de paz analizados, solamente el 5% de quienes participaron en las negociaciones fueron mujeres. Un año antes representaban el 7%. Mientras los países asumen compromisos para incluirlas, en los hechos su participación disminuye.

Lo más sorprendente es que esta discusión no es nueva. En octubre de 2000, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la Resolución 1325, que reconoció algo fundamental: las mujeres no solamente deben ser protegidas durante las guerras, también deben participar en las decisiones para prevenirlas, terminarlas y reconstruir lo que dejaron atrás.

Han pasado 26 años y todavía seguimos buscando cómo conseguir que tengan un lugar en esas mesas.

Conviene aclarar algo. No se trata de afirmar que las mujeres son naturalmente más pacíficas, mejores negociadoras o moralmente superiores a los hombres. La historia demuestra que también pueden ejercer el poder de manera autoritaria, participar en conflictos y tomar decisiones equivocadas.

El argumento es mucho más sencillo: difícilmente podemos hablar de una negociación que represente a toda una sociedad cuando una parte importante de ella queda fuera de las decisiones.

Porque negociar la paz no consiste solamente en lograr que dos grupos dejen de dispararse. También significa decidir qué pasará con las personas desaparecidas, las víctimas de violencia sexual, las familias desplazadas, las niñas y niños que dejaron de ir a la escuela y las comunidades que perdieron sus hogares y sus medios de vida.

Son asuntos que pueden quedar en segundo plano cuando quienes los han vivido no tienen oportunidad de participar.

Distintos estudios internacionales han encontrado que, cuando las mujeres participan de manera significativa, los acuerdos de paz tienen mayores posibilidades de cumplirse y mantenerse en el tiempo. No porque su presencia garantice mejores resultados, sino porque ayuda a incorporar otras experiencias, necesidades y prioridades que también deben atenderse para que la violencia no regrese.

Hay algo más que deberíamos revisar. Con frecuencia hablamos de las mujeres durante las guerras únicamente como víctimas. Y aunque muchas lo son, reducirlas a esa condición también significa ignorar todo lo que pueden aportar.

Una mujer puede haber perdido a su familia durante un conflicto y, al mismo tiempo, ser una líder comunitaria, una negociadora o una autoridad capaz de ayudar a reconstruir su país. Haber sufrido las consecuencias de la violencia no debería significar que su única participación sea recibir ayuda.

Esta reflexión también tiene sentido para México. Aunque nuestra realidad es distinta a la de una guerra convencional, hay comunidades donde la violencia criminal ha provocado desplazamientos, desapariciones, familias divididas y cambios profundos en la vida cotidiana.

Cuando hablamos de recuperar la paz en esos lugares, también deberíamos preguntarnos quiénes participan en las decisiones. No solamente quiénes dirigen las instituciones de seguridad, sino quiénes son escuchados cuando se decide cómo prevenir la violencia, atender a las víctimas y recuperar la vida comunitaria.

Porque construir la paz requiere mucho más que detener a quienes generan violencia. También implica escuchar a quienes han tenido que aprender a vivir con sus consecuencias.

Después de 26 años de compromisos internacionales, ya no deberíamos estar discutiendo si las mujeres tienen derecho a participar en las negociaciones. La pregunta tendría que ser por qué seguimos aceptando que prácticamente no estén presentes.

De estos  millones de mujeres y niñas viven cerca de la guerra. Pero apenas el 5% participa en las negociaciones de paz. Si cuentan para medir las consecuencias de un conflicto, también deberían contar para decidir cómo terminarlo.

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@SophiaHuett

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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