Por Thelma Elena Pérez Álvarez*

Hoy, puede ser factible que la guerra ya no sea percibida como guerra, sino como contenido breve, digerible y emocionalmente programado para circular en nuestros flujos de contenido actualizado en redes y plataformas digitales. Espacios donde atestiguamos el tránsito de la tragedia a la estética, en los cuales se activa lo que Hannah Arendt conceptualizó como la banalidad del mal, o bien la normalización de actos profundamente violentos a partir de su falta de contexto y reflexión crítica.

Esta banalización no se produce únicamente en oficinas burocráticas, como es el caso que Arendt observó durante el juicio a Eichmann, sino en arquitecturas algorítmicas diseñadas para maximizar la atención. La propaganda digital bélica de países como Estados Unidos, Israel, Irán y Francia no solo compite en el terreno militar o diplomático, sino en el ecosistema simbólico de redes sociodigitales como Instagram o plataformas como TikTok, donde la guerra se construye también con inteligencia artificial, se musicaliza y se vuelve narrativa.

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