Por Valentina Luján
“La valentía es la más importante de todas las virtudes.”
- Maya Angelou.
Hace unas semanas un amigo muy querido se fue de este mundo. Así, sin aviso, a los 35 años dejó una hermosa familia llena de planes y sueños. Sus hijos de 4 y 2 años fueron confrontados a la fragilidad de la vida sin siquiera poder entenderlo. Un lamentable accidente nos lo arrebató.
Y con esta tragedia dolorosa llegó un recordatorio: la vida es frágil y se puede acabar en cualquier momento. Así dejó de manifiesto la importancia de trabajar intencional y estratégicamente en construir una vida que te emocione vivir. Cuando somos jóvenes podemos asociar la felicidad con el pensamiento mágico y creer que algún día simplemente “ocurrirá”, pero a los 45 años sabemos con certeza que todo lo bueno de la vida, se construye.
A los 45 ya cruzaste pérdidas, cambios de planes, un cuerpo que se transforma, hijos que crecen, padres que envejecen. Y aquí sigues. Eso tiene un nombre, aunque casi nunca lo uses para hablar de ti: valentía.
Te lo digo porque muchas mujeres llegan a esta edad convencidas de que “ya es tarde”. Tarde para cambiar de rumbo, para decir lo que piensan, para empezar algo propio. Yo creo exactamente lo contrario. Nunca habías tenido tanta información sobre quién eres y qué ya no quieres. Lo que falta no es tiempo. Es atreverte conscientemente.
La felicidad no llega, se construye. Durante años nos vendieron la felicidad como un golpe de suerte, o como un destino al que se llega cuando todo se acomoda y los problemas se ausentan. La ciencia dice otra cosa: la felicidad es la construcción de una vida que te haga sentido vivir. Existen varios modelos, como el PERMA[1] del Dr. Martin Selligman o el SPIRE[2] de mi maestro, el Dr. Tal Ben-Shahar, ambos referentes en el mundo científico del bienestar. Pero sin importar cuál elijas, lo importante es que ambos plantean la necesidad de construir esfuerzos intencionales y estratégicos para construir esa vida que a ti te haga sentido.
Y es justo ahí donde la valentía es crucial. Esos esfuerzos se eligen, requieren que enfrentes miedos, transites incomodidad, cuestiones creencias, asumas las consecuencias de tus decisiones, abraces pérdidas, etc. y eso cuesta. Poner un límite cuesta. Renunciar a lo que ya no te hace bien cuesta. Pedir ayuda, volver a estudiar, terminar una relación que te roba la paz o decir en voz alta “esto es lo que yo quiero” aunque nadie lo aplauda: todo eso da miedo e incomoda. Por eso digo que ser feliz es para valientes. No porque la felicidad sea para unas cuantas personas, sino porque construirla exige moverse aunque te tiemblen las piernas y sientas un hoyo en el estómago.
Valiente no es la que no siente miedo, sino la que actúa y acciona con todo y miedo. El miedo no es tu enemigo, es una emoción legítima que quiere protegerte. El problema empieza cuando le entregas el volante de tu vida y dejas de mantenerlo a raya. Ser valiente no es dejar de sentir miedo, sino sentirlo y avanzar de todos modos, con un paso del tamaño que hoy te alcance.
[1] Seligman, M. E. P. (2011). Flourish: A visionary new understanding of happiness and well-being. Free Press.
[2] Ben-Shahar, T. (s. f.). The SPIRE Model of Well-Being: A Holistic Framework for Human Flourishing. Happiness Studies Academy / Wholebeing Institute. Recuperado de https://www.talbenshahar.com/spire
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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