Por Yessica de Lamadrid
Hay momentos en que la política deja de ser relato y vuelve a ser realidad. No por voluntad, sino por desgaste. Porque la verdad, esa que se intentó domesticar a base de una narrativa repetida mil veces, termina por filtrarse en los bordes más mundanos, desde una imagen fuera de lugar, una escena que no encaja, una grieta mínima que revela el tamaño de la ficción.
No fue el gran escándalo lo que incomodó, no, fue lo cotidiano. Una funcionaria tomando el sol en el lugar más simbólico del poder. No por la acción en sí, sino por lo que representa. La distancia entre la narrativa y la conducta. Una conducta que fluctúa entre el discurso de austeridad moral y la relajación privada del poder. Entre lo que se predica y lo que inevitablemente se exhibe.
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