Por Adriana Sandoval 

Cada año llega septiembre con banderas por todos lados, sombreros, papel picado y todo tipo de adornos que nos recuerdan que todavía tenemos ganas de festejar el mes patrio. Regresamos del verano, empieza la dieta y, quince días después, ya estamos celebrando con pambazos, enchiladas y tostadas de pata. Como si fuera poco, el consumo de alcohol aumenta de manera considerable. Y entonces ocurre algo curioso: durante unas semanas volvemos a comer como mexicanos, como si el resto del año hubiéramos olvidado cómo hacerlo.

México tiene una relación profundamente emocional con la comida. No solamente comemos para alimentarnos; comemos para recordar. Está la casa de la abuela, la cocina que empezaba a oler desde temprano, el comal, los frijoles que parecían no tener ninguna ciencia y, sin embargo, nunca volvieron a saber igual, las tortillas calientes envueltas en un trapo, el mole que necesitaba tiempo, el arroz, los chiles remojados y las salsas hechas en el momento. Era una comida sin prisa porque alguien estaba dispuesto a pasar horas preparándola. Esa cocina sigue existiendo, pero México también cambió.

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