Por Angie Contreras*
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México se suma a una conversación urgente: niñas, niños y adolescentes en las redes sociales. En las últimas tres ruedas de prensa matutinas de los lunes, la presidenta ha hablado de una idea que ahora suena bastante confusa: prohibir, pero no prohibir.

Prohibir como única estrategia solo genera una sensación paliativa del problema: “¡Ya solucionamos el problema!”. En la realidad no funciona.

Tengo más de seis años recorriendo escuelas secundarias, preparatorias y algunas primarias (en su mayoría públicas), y me he encontrado con muchas realidades que las personas adultas solemos ignorar. Quiero compartir una serie de reflexiones que son eso: ideas desde el salón de clases y desde escuchar mucho a niñas, niños y adolescentes, pero también a sus madres, padres y maestras.

Claro que hay riesgos, enganche y violencias. Lo sé y lo veo en cada escuela a la que voy. Pero la solución no puede ser solo prohibir; debe venir acompañada de una estrategia colectiva donde se involucren todos los actores: las familias, la escuela, la sociedad civil, las empresas, el sistema de justicia, etcétera.

Prohibir solo aumenta el riesgo, porque niñas, niños y adolescentes seguirán en redes sociales y plataformas, creando cuentas con perfiles falsos o migrando a redes que ni las personas adultas conocemos y que no tienen normas comunitarias. Peor aún: donde no existirá la confianza para contarle a una persona adulta si pasan por alguna situación de violencia.

Es irónico, ¿no creen? Queremos prohibir a niñas, niños y adolescentes que accedan a una red social cuyo uso violento es generado, en gran medida, por personas adultas (grooming, material de abuso sexual infantil, etcétera). ¿Vamos a “sacar” a niñas, niños y adolescentes de todo espacio peligroso? Entonces que no vayan a las escuelas, a los parques y tampoco a sus casas.

¿Y si, en lugar de enseñar a niñas, niños y adolescentes a usar las redes sociales de forma responsable, enseñamos a las personas adultas a usarlas de forma responsable y no violenta?

Una propuesta de seguridad para niñas, niños y adolescentes construida desde el adultocentrismo está quitando del centro lo que realmente nos preocupa: su seguridad. Ellas y ellos conocen y no le tienen miedo a las herramientas digitales. Nos falta darles información para su seguridad y protección, pero cuando viven alguna situación de violencia y la cuentan, muchas veces no les creemos; los regañamos o castigamos.

¿De qué va a servir prohibir si, cuando puedan acceder a esas redes sociales, se van a encontrar con un entorno igual de violento? También debemos exigir a las empresas que revisen sus algoritmos y su programación. La responsabilidad no puede recaer solo en las familias y en las escuelas; también debe alcanzar a quienes han creado las plataformas y han permitido el enganche y la violencia.

¿Cuántas veces no hemos reportado contenido violento y no se retira? La programación debe cambiar, porque niñas, niños y adolescentes tienen derecho a habitar espacios digitales seguros.

Tampoco podemos pensar que niñas, niños y adolescentes son un grupo homogéneo. Son tan diferentes que parece que solo pensamos en quienes viven en las ciudades. ¿Qué pasa con quienes viven en comunidades indígenas? ¿Con quienes tienen una discapacidad y encuentran en un dispositivo una herramienta para comunicarse? ¿Qué pasa con quienes ni siquiera tienen acceso a las herramientas digitales? ¿Vamos a permitir que la brecha siga creciendo?

Esta propuesta también debe hablarse desde los cuidados. Escucho y leo con frecuencia que se sugiere inscribir a niñas y niños a cursos, que madres y padres pasen más tiempo en casa, que los lleven a los parques o les compren libros. ¿Neta? Claro que eso sería lo ideal, pero es pensar y responsabilizar solo a las familias, sin ver que no todas viven la misma realidad. Está la precarización económica, la ausencia de un sistema de cuidados, niñas y niños al cuidado de personas adultas mayores, de hermanas o hermanos mayores, de madres y padres que trabajan todo el día, de padres ausentes o de familias para las que el salario no alcanza para pagar cursos.

¿Y qué les digo de las maestras y los maestros? También tenemos que repensar el sistema educativo: grupos con menos alumnas y alumnos para que las clases puedan diseñarse con otras metodologías y técnicas. Queremos que todo se resuelva desde el salón de clases, pero entren ustedes a un grupo de 35 estudiantes, sin espacio para moverse y con temperaturas de 30 grados, a ver si funciona.

Claro que tenemos que hablar de niñas, niños y adolescentes en las redes sociales y plataformas, de su salud mental, de educación y de cuidados. Pero debemos pensar en una política pública integral que ponga en el centro el aprendizaje, las habilidades, el acompañamiento y, sobre todo, los derechos de niñas, niños y adolescentes.


Si te interesa este tema, te comparto otras columnas que he publicado en Opinión 51:

Juguetes, pantallas, prohibición, regulación y un poco de nostalgia en Toy Story 5. ¿Quién ganará?

Recomendaciones para ir a las tortillas en tiempos de celulares.

¿Qué tipo de publicidad ven las niñas, niños y adolescentes en redes sociales?

Sigamos conversando.

*Vegetariana, amante del café, consultora en derechos digitales. Integrante de la Asociación Civil Cultivando Género y vocera del movimiento Mujeres Vivas, Mujeres Libres.


*Vegetariana, amante del café, consultora en derechos digitales. Integrante de la asociación civil Cultivando Género y vocera del movimiento Mujeres Vivas, Mujeres Libres.

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@AngieConter 

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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