Por Carmen Espinosa Noreña
En los últimos meses he escrito sobre propósito, liderazgo, equidad, empresas, equipos y hasta sobre esa “fórmula secreta” que buscamos para construir mejores organizaciones y una mejor sociedad. Temas que forman parte de mi vida y de las conversaciones que me interesa impulsar.
Pero hace unos días, una conversación aparentemente cotidiana me llevó a un lugar distinto.
Éramos un pequeño grupo de mujeres conversando. Mujeres preparadas, independientes, profesionistas, con acceso a información y con redes de apoyo. Mientras escuchaba algunas de sus historias, algo comenzó a inquietarme. Dos de ellas tuvieron la valentía de relatar situaciones que mostraban características preocupantes de violencia psicológica.
Y me quedé pensando. ¿Cómo puede seguir sucediendo esto?
Apareció inmediatamente una pregunta todavía más inquietante: si sucede aquí, entre mujeres que aparentemente cuentan con muchas herramientas para identificarlo y enfrentarlo, ¿qué estará pasando en otros entornos donde esas herramientas ni siquiera existen?
La conversación terminó. La pregunta se quedó conmigo.
Decidí revisar los datos y encontré una realidad difícil de ignorar. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2021) del INEGI, 51.6% de las mujeres mexicanas de 15 años y más ha experimentado violencia psicológica a lo largo de su vida ¡Una de cada dos!
Entonces entendí que aquella conversación no era solamente una anécdota. Es una pequeña ventana hacia un problema enorme.
La violencia que aparentemente no deja moretones... Quizá una de las razones por las que esta violencia resulta tan difícil de combatir es precisamente porque muchas veces no se ve. No necesariamente deja una marca en el cuerpo. Puede aparecer como control, humillación, descalificación, intimidación, aislamiento, celos, manipulación o como una erosión constante de la autoestima. Y puede esconderse detrás de comportamientos que durante generaciones aprendimos a justificar como “carácter”, “problemas de pareja”, “preocupación” e incluso “amor”.
No toda discusión, desacuerdo o frase desafortunada constituye violencia psicológica.
Lo preocupante es cuando existe un patrón persistente destinado a controlar, intimidar, disminuir o hacer que la otra persona dude de sí misma.
Y entonces llegué a una pregunta que me resulta particularmente incómoda: ¿Cómo podemos hablar de empoderamiento femenino mientras tantas mujeres siguen viviendo, puertas adentro, relaciones que poco a poco les quitan poder?
Hemos avanzado. Tenemos mejores leyes. Hay más mujeres estudiando, trabajando, emprendiendo, generando patrimonio, tomando decisiones y ocupando posiciones de liderazgo. Pero los datos nos están diciendo que eso no ha sido suficiente.
Porque una mujer puede dirigir una empresa y, al mismo tiempo, ser constantemente descalificada en casa. Puede tener independencia económica y vivir bajo control emocional. Puede ser extraordinariamente segura tomando decisiones profesionales y comenzar a dudar de sí misma dentro de una relación.
La violencia psicológica no pertenece exclusivamente a un nivel económico, educativo o social.
Y eso debe preocuparnos a todos.
Cambiamos las estructuras, pero ¿cambiamos las relaciones?
Hace apenas unos días murió Gloria Steinem, una de las voces que durante décadas ayudó a colocar en la conversación pública temas que durante mucho tiempo permanecieron detrás de puertas cerradas: igualdad, derechos, discriminación y violencia contra las mujeres. Su generación abrió caminos que parecían imposibles.
ONU Mujeres ha señalado que detrás de la violencia contra mujeres y niñas existen factores profundamente arraigados: desigualdad, discriminación, estereotipos y normas sociales que durante generaciones han normalizado determinadas formas de control y violencia.
Quizá ahí se encuentre parte de la explicación. Hemos cambiado muchas leyes más rápido de lo que hemos cambiado algunas conductas. Y hemos hecho algo muy importante: enseñar a nuestras hijas que pueden estudiar lo que quieran, dirigir una empresa, emprender, ser independientes y decidir sobre su propia vida.
Pero quizá nos falta trabajar con la misma intensidad del otro lado.
No basta con educar a nuestras hijas para ser mujeres fuertes. Tenemos que educar a nuestros hijos para saber convivir, respetar y construir relaciones de igualdad con mujeres fuertes.
Quiero ser muy clara: no creo que la solución sea convertir esta conversación en una confrontación entre hombres y mujeres. Al contrario. Necesitamos a los hombres dentro de esta conversación y, sobre todo, dentro de la solución.
Necesitamos hablar de educación emocional, de nuevas masculinidades, de relaciones construidas desde el respeto y no desde el control. Necesitamos enseñar a reconocer conductas que quizá vimos en generaciones anteriores y que alguna vez consideramos normales, pero que hoy sabemos no deben serlo.
También necesitamos que las propias mujeres aprendamos a reconocerlas, hablarlas y acompañarnos sin juzgar.
Aquella conversación entre amigas me dejó inquieta. Pero también me recordó algo que he aprendido en otros ámbitos de mi vida: cuando uno descubre un problema, tiene dos opciones. Puede reconocerlo y seguir adelante, o tomar responsabilidad y generar un cambio.
No quiero quedarme solamente con la reflexión. Quiero entender más. Quiero escuchar a quienes llevan años trabajando en este tema. Quiero saber qué podemos hacer desde las familias, las empresas, las escuelas y nuestros propios círculos. Quiero entender cómo podemos prevenir antes de tener que reparar.
Porque después de hablar tanto de liderazgo y propósito, quizá también tengamos que recordar para qué sirven.
Liderar no es solamente ocupar una posición. Es decidir no permanecer indiferente cuando una realidad nos incomoda.
Aún nos falta mucho por hacer.
Los grandes cambios comienzan precisamente así: con una conversación pequeña que, inesperadamente, nos obliga a mirar un problema enorme.
Porque una vez que lo vemos, ya no podemos fingir que no existe. Los invito a pensar en ¿Qué podemos comenzar a hacer desde las familias, empresas o círculos cercanos? ¿Quieres seguir con la conversación?, escribeme a cespinoza@alerta.com.mx
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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