Por Carmen Espinosa Noreña
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/280.32

Hay una pregunta que las organizaciones llevan décadas intentando responder.

¿Cuál es el ingrediente secreto del éxito? 

Por años pensamos que era la estrategia correcta. Después creímos que era la innovación. Más tarde llegaron la transformación digital, el liderazgo ágil, la cultura organizacional, el propósito y, ahora, la inteligencia artificial. 

Cada generación parece convencida de haber encontrado, por fin, la receta definitiva. Sin embargo, mientras participaba recientemente en un proceso de planeación estratégica, no pude evitar preguntarme algo profundamente incómodo: ¿Y si llevamos años buscando el ingrediente equivocado? 

Recordé entonces una escena de una película que, aunque parece infantil, contiene una de las lecciones más poderosas sobre liderazgo. Un padre está a punto de revelar el gran secreto de la receta que ha hecho famosa a su familia durante generaciones. Después de años de misterio, su hijo descubre que no existe ningún ingrediente oculto. No hay una especia milagrosa. No hay una fórmula reservada para unos cuantos. El secreto era mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más desafiante. Nunca hubo un ingrediente secreto. 

Durante unos minutos dejé de pensar en una película y comencé a pensar en las organizaciones. ¿Cuántas empresas siguen esperando que la siguiente metodología resuelva sus problemas? ¿Cuántos consejos de administración creen que el próximo consultor traerá la respuesta definitiva? ¿Cuántos líderes confían en que una nueva tecnología hará el trabajo que ellos no han sido capaces de hacer? 

Y ahora, con la llegada de la inteligencia artificial, pareciera que la historia vuelve a repetirse. Escucho con frecuencia preguntas como: "¿Qué plataforma debemos comprar?" "¿Qué herramienta de IA nos dará una ventaja?" "¿Cuál es el mejor modelo?" Son preguntas válidas. Pero quizá ninguna de ellas sea la más importante. Porque la inteligencia artificial puede ofrecer mejores respuestas. Lo que no puede hacer es formular las preguntas que transforman una organización. Puede escribir un plan estratégico. Puede analizar millones de datos. Puede identificar patrones invisibles para el ojo humano. Pero jamás decidirá qué principios estamos dispuestos a defender cuando nadie nos observa. Nunca elegirá el propósito que dará sentido a nuestro trabajo. Nunca decidirá qué tipo de organización queremos construir. 

Esas decisiones siguen perteneciendo al ser humano. Y ahí reforcé algo más para  entender el liderazgo. Tal vez las organizaciones no fracasan porque les falte tecnología. Tampoco porque les falte estrategia. Con frecuencia fracasan porque siguen buscando afuera aquello que solo puede construirse desde adentro. No existe un software capaz de reemplazar la integridad. No existe una metodología que sustituya el carácter. No existe una inteligencia artificial que pueda otorgarle propósito a una organización cuyos líderes aún no lo han encontrado en sí mismos. Quizá el mayor error de nuestro tiempo sea creer que el futuro dependerá de la herramienta que adoptemos. 

En mi opinión creo exactamente lo contrario. El futuro dependerá del ser humano que decida utilizar esa herramienta. Porque la inteligencia artificial no multiplica únicamente la productividad. Multiplica la intención de quien la utiliza. En manos de un líder con visión, amplifica el impacto. En manos de un líder sin propósito, amplifica la confusión. En manos de una organización comprometida con las personas, acelera la transformación. En manos de una organización que solo persigue resultados de corto plazo, acelera exactamente el mismo problema. 

Por eso hoy estoy convencida de que seguimos haciendo la pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos cuál es el ingrediente secreto del éxito. La verdadera pregunta es mucho más profunda. ¿Quién estoy eligiendo ser para construir el futuro? Porque quizá el mayor descubrimiento de la era de la inteligencia artificial no sea tecnológico. Sea profundamente humano. Tal vez el ingrediente secreto nunca fue la estrategia. Nunca fue la innovación. Nunca fue la inteligencia artificial. El ingrediente secreto siempre ha sido el ser humano que decide darles un propósito. 

En mi próxima columna compartiré una idea que nació precisamente de esta reflexión. Una ecuación sencilla, pero profundamente desafiante, que busca responder una pregunta esencial: ¿qué ocurre cuando el SER, el propósito personal, el propósito de una organización y la inteligencia artificial dejan de competir entre sí y comienzan a multiplicarse?


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.