Por Claudia Pérez Atamoros
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/542.165333

He vivido tres mundiales. No los vi pasar. Los atravesé. Tres Copas del Mundo. Tres Méxicos. Tres versiones de mí misma.

 La primera me encontró pequeñita y hecha una bala con siete años. Con una fascinación absoluta por aquella enorme televisión Royal que mi padre compró para la ocasión. Porque en aquel momento, no tener una televisión a color equivalía tanto como hoy a no tener quince mil pesotes para acudir a un partido del mundial y gritar desde gayola ¡putoooooo!

México 70 era precisamente eso: el futuro entrando por la puerta de la sala. Bastaba eso, una tele, una radio y las voces de Ángel Fernández y Fernando Marcos para hacer vibrar a todo el país. Para ver a mi padre emocionado.

Hoy parece una nimiedad decir que fue el primer Mundial transmitido a color para una audiencia global. Pero para quienes lo vivimos fue una revolución tecnológica. También aparecieron por primera vez las tarjetas amarillas y rojas. Se permitieron  las sustituciones de jugadores. Y las repeticiones en cámara lenta comenzaron a cambiar para siempre la forma de ver el fútbol.

Por primera ocasión el mundo podía volver a mirar una jugada. Por primera vez el fútbol podía repetirse. Hoy el VAR está en el campo de juego. Ayer la repetición en cámara lenta.

 Y por primera vez millones de personas conocimos a un rey.

Pelé.

No al mejor jugador de la época.

Al Rey.

Y mientras él conquistaba el planeta, nosotros jugábamos peteca en la calle. Yo no entendía todavía la magnitud de lo que estaba viendo, pero sí recuerdo la sensación. Ese asombro infantil que sólo ocurre cuando uno presencia algo completamente nuevo. Y ve como en su entorno todo es gozo, gritos, mentadas...

También recuerdo a Juanito, aquella mascota regordeta con sombrero de palma que representaba al México optimista del llamado Milagro Mexicano. Y recuerdo a Pico, el águila nacida para modernizar la imagen del torneo y que terminó convertida en una especie de fantasma publicitario que desapareció tan misteriosamente como apareció.

Justo como ahora: Zayu contra el Ajolote. Medio siglo después seguimos discutiendo qué mascota representa mejor al país. Algunas tradiciones nunca mueren. 

 México 70 fue el Mundial del descubrimiento.

El fútbol entró a color a nuestras casas.

Dieciséis años después llegó México 86. Y el país era otro. Yo también. Era ya una adulta joven. Sin ser una neófita en el futcho, sólo conocía lo básico. Tenía veintitrés años y trabajaba como reportera en Últimas Noticias de Excélsior. Y me comía el mundo.

Era reportera de calle. Aprendiz. De libreta gastada. De suelas desgastadas. De ir adonde hubiera noticia. Cubrir lo que el jefe de Información mandase o, en mi caso, en particular, lo que Manuel Camín, entonces director, me ordenara.

—¿Qué sabe usted de fútbol?

Poco, respondí

—Pues ahora va a aprender.

Lo mismo me mandaba a entrevistar a actores como Carmen Salinas o al Loco Valdés que a buscar a viejas glorias del fútbol como el Diente López.  Lo mismo cubría una conferencia que me lanzaba a Reforma a perseguir la historia que estuviera ocurriendo entre la gente. 

 Y vaya que estaba ocurriendo.

México llegaba al Mundial herido.

Apenas ocho meses antes la Ciudad de México había sido devastada por el terremoto de 1985. La economía se tambaleaba. La inflación golpeaba los bolsillos. El desempleo crecía. El país negociaba una deuda externa que parecía imposible de pagar.

La CNTE, sí, la misma de ahora. Había emprendido una protesta. El gobierno les ignoraba. Ellos llegaron a la capital y si mal no recuerdo exigían un aumento salarial exorbitante.

Sin embargo, durante un mes entero ocurrió algo extraordinario. La gente tomó las calles. No para protestar. Para celebrar.

Miles y miles de personas ocuparon Reforma, el Ángel, el Zócalo y las principales avenidas de la ciudad. Mucho antes de que las marchas se volvieran parte del paisaje cotidiano de la capital, el Mundial enseñó el enorme poder de convocatoria que podía tener el espacio público.

Era como si el país necesitara respirar. Como si el fútbol hubiera abierto una válvula de escape colectiva. Y entonces apareció Maradona.

Pelé había sido rey. Maradona parecía otra cosa. Un dios imperfecto. Con una mano perfecta. Capaz de hacer el mejor gol de la historia y la trampa más famosa de la historia en el mismo partido.

La Mano de Dios.

Todavía hoy basta pronunciar esas tres palabras para que medio planeta entienda de qué estamos hablando.

 México 86 también dejó innovaciones. El balón Adidas Azteca fue el primero fabricado completamente con materiales sintéticos. Pique, aquel chile con sombrero y bigote, se convirtió en una de las mascotas más recordadas de todos los mundiales. Y la FIFA descubrió que el fútbol podía convertirse en una máquina de hacer dinero a una escala impensable.

México 86 fue sobre todo el Mundial de la calle. Del barrio. De la chiquitibum. De la fiesta y los desmanes. Del júbilo a la miserable realidad.

El Mundial que cubrí caminando. El Mundial que olía a periódico, a asfalto caliente, a gente celebrando. El Mundial donde aprendí que las mejores historias casi nunca ocurren dentro del estadio.

Y ahora llega 2026.

Por tercera vez México será sede de una Copa del Mundo. La primera organizada por tres países. La primera con 48 selecciones. La primera con 104 partidos. La más grande de todas. Y también la más distinta. 

Porque esta vez no la viviré como aquella niña sentada frente a la televisión Royal.

Ni como la reportera que gastaba las suelas buscando historias en la calle.

Esta vez la viviré desde mi casa. Con mi propia familia. Con cuatro décadas de recuerdos acumulados.

Y desde esta perspectiva hay algo que me llama profundamente la atención. Cada Mundial le ha regalado algo al aficionado.

México 70 le regaló el asombro.

México 86 le regaló la calle.

México 2026 le regala la magnitud.

Pero quizá también le arrebata algo.

Porque entre aplicaciones, boletos digitales, zonas exclusivas, experiencias VIP, plataformas de streaming, patrocinios globales y costos prohibitivos, el fútbol parece cada vez más lejano de la gente común que lo convirtió en fenómeno mundial. Y más cercano a otro dios, el del dinero. A otra mano, la de la ambición. Lo aleja del barrio en donde cada domingo se echan una cascarita. En donde no importa el perfecto césped sino la entraña, las ganas. Se aleja del fútbol llanero…

En 1970 el Mundial entró a la sala de nuestras casas.

En 1986 salió a las calles.

En 2026 corre el riesgo de alejarse para siempre de la gente.

Y no, no es nostalgia. Es mucho más simple. Es observación.

 Pelé fue el Rey.

Maradona fue Dios.

Y el Mundial de 2026 ya encontró a su propia divinidad: Don Dinero.

El primero jugaba para maravillar.

El segundo para desafiar las leyes de la física y de la moral.

El tercero cobra por adelantado.

 Porque mientras el negocio crece, la cercanía disminuye. Mientras la tecnología avanza, la espontaneidad retrocede. Mientras el espectáculo se vuelve gigantesco, el aficionado parece hacerse cada vez más pequeño.

Y sin embargo ahí estaremos todos. Yo, frente a otra pantalla. Tal vez más moderna que aquella Royal. Mucho más grande. Infinitamente más nítida. Pero con la misma emoción por lo que viene.

 Porque mañana, cuando ruede el balón en el Azteca, hoy Estadio Ciudad de México, no estaré viendo solamente el inicio de otro Mundial. Estaré viendo a una niña que descubrió a Pelé. A una reportera que persiguió historias entre las multitudes de Maradona. Y a una mujer de 63 años echada para delante que entiende que los mundiales duran apenas unas semanas, pero la vida entera puede medirse por los recuerdos que deja. Y por los sueños que provocan.

Conocí al Rey cuando era niña.

Conocí a Dios cuando era reportera.

Y ahora me toca conocer al dinero.

Francamente, de los tres, es al que menos ganas dan de entrevistar.

Al final, quizá eso sea lo verdaderamente extraordinario. No que México organice tres Copas del Mundo. Sino que algunos tengamos la fortuna de haberlas vivido todas.

Yo. Primero como hija. Después como reportera. Y ahora como madre. Custodia de mis recuerdos. Dueña de mi presente.

Porque aquí sigo.

Seguimos.

En la brega.

Porque como bien decía Fernando Marcos: hasta el último minuto tiene sesenta segundos.

✍🏻
@perezata

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.