Por Claudia Pérez Atamoros
Una niña de cinco años toca el violín. Otra, un poco mayor, intenta aprender a tocar el chelo. La pequeña se acerca y comienza a enseñarle. Alguien observa la escena y, sorprendida, comenta:
—Pero si tú tocas violín.
—Sí, pero el chelo es un violín grandote —responde la chiquilla con la naturalidad de quien todavía no ha aprendido a complicarse la existencia.
Leticia Hernández Ramírez me cuenta la anécdota y casi puedo verla sonreír al otro lado de nuestra conversación. Hay algo profundamente conmovedor en esa escena. Una niña que comparte lo poco o mucho que sabe con otra. Sin títulos, sin diplomas, sin preguntarse si está suficientemente preparada para enseñar.