Por Danielle Dithurbide
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Conocí a Carín para una entrevista hace un par de años. Meses antes había oído “Primera Cita” por primera vez y me pareció un sonido tan original que me urgía ponerle cara al creador de esa música. Lo de Carín, para quien no lo conozca, es una mezcla de lo más profundo del regional mexicano tradicional con ritmos de soul y blues, que lo hacen muy particular.

No nos podríamos ver en persona porque tenía una presentación en Hermosillo, así que su equipo, muy profesional como siempre, me citó por Zoom. Carín se conectó puntualmente. Estaba en su cama, jugando un videojuego. Lejos de lo que hubiera pensado de cualquier otra persona que se conectara a una entrevista en su cama, con su control en la mano, lo de él me pareció auténtico. Carín tiene eso: con todo y la fama y fortuna que ha conseguido en los últimos años, siempre da la impresión de ser un niño en el cuerpo de un adulto. Auténtico, genuino y lejos de la mayoría de las grandes celebridades de hoy en día.

Desde entonces lo he entrevistado varias veces más; en todas me ha dado la misma impresión. Por eso, justamente por eso, verlo triunfar y hacer historia este fin de semana en un escenario del tamaño de The Sphere fue tan emocionante.

Una noche antes también me había encontrado con él, pero la entrevista había sido muy diferente. Aunque me dijo en varias ocasiones que no lo estaba, sí estaba nervioso y… no era para menos: completamente concentrado en afinar los detalles de la residencia que llevaba preparando más de un año, y consciente de la responsabilidad y el enorme reto que significa pisar ese escenario por primera vez para un artista latino, me habló de sus sueños cumplidos, de su amor por la música más que de su amor por la fama; de su familia, de su amada Sonora, del pasado, del futuro y también del presente.

—¿En qué momento estás? —le pregunté.—En el que creo que ya soy adulto —me respondió.

24 horas después llegué a la majestuosa Esfera. A las ocho de la noche con veinte minutos inició el concierto con el que Carín empezó a escribir su nombre con letras de oro en la historia de la música mexicana. En la primera escena del impresionante diseño de luces y sonido aparece un niño con una consola; el resto del show emula los niveles de un videojuego.

No pude evitar reírme. Tal vez nadie más tenía el recuerdo de aquella primera entrevista. Estaba viendo a un adulto estremecer, en el primero de siete conciertos, a 18 mil personas que viajaron a otro país para ver a quien siempre será un niño.


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